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Full text of "Los partidos coloniales"

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zarmrarai&MOTmiatí 



5 

RAIMUNDO CABRERA 




LOS PARTIDOS COLONIALES 



.d.2- 



DOS PESETAS 






HABANA 

IMPRENTA "EL SIGLO XX* 

TENIENTE REY 27 

1914 



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in 2012 with funding from 

University of North Carolina at Chapel Hill 



http://archive.org/details/lospartidoscolonOOcabr 



RAIMUNDO CABRERA 



LOS PARTIDOS COLONIALES 



Ce 5^ 



Habana 

Imprenta "El Siglo XX" 

Ten tente Rey 27 

1914 






PREFACIO 

Reproduzco en este folleto los dos artículos pu- 
blicados en los números de Junio y Agosto de la 
Revista La Reforma Social, para la que los escribí 
expresamente complaciendo los deseos de su Director 
y fundador Sr. Orestes Ferrara y que llevaban por 
título La agitación política y pacífica de los cúbenos 
en el régimzn colonial de España. 

Mucha parte de este trabajo, sobre todo la prime- 
ra, estaba enunciada en mi libro Cuba y sus jueces, 
publicado en 1887, cuyas premisas han tenido con- 
firmación en los sucesos políticos posteriores. 

Sirvan estos apuntes para estimular a los jóvenes 
estudiantes de la historia patria en la investigación más 
meditada y profunda de la labor colectiva de los cu- 

5781G1 



6 PREFACIO 

baños, que precedió por más de una centuria a la 
constitución de su nacionalidad y a su gobierno 
propio. 

El Autor. 

Septiembre, 1914. 



El problema político de la Isla de Cuba 
estuvo planteado desde principios del si- 
glo xix con estas dos acentuadas tendencias : 
la de los naturales del país a intervenir en 
sus asuntos propios o administrarse por sí 
mismos, y la del gobierno metropolitano a 
gobernarlos y administrarlos desde Madrid 
por medio de delegados de su exclusivo nom- 
bramiento. 

En esa lucha de aspiraciones y de intere- 
ses encontrados se repitió el espectáculo de 
las demás colonias y pueblos colonizadores, 
así en los antiguos como en los modernos 
tiempos, pero puede afirmarse, con la corro- 
boración de los hechos históricos, que ningu- 
na colonia como Cuba realizó más repetidos 



LOS PARTIDOS 



y razonados esfuerzos pacíficos para obtener 
su gobierno propio bajo la soberanía de la 
nación colonizadora y que ninguna nación 
fué al mismo tiempo más tenaz y resistente 
que España en denegar a sus colonos la di- 
recta o inmediata gestión de sus peculiares 
negocios. 

No a otra causa que a la de no haberse lle- 
gado jamás a una solución prudente y armo- 
nizadora de los intereses recíprocos, han de 
atribuirse las intermitentes y repetidas con- 
vulsiones que durante cincuenta años hicie- 
ron de la hermosa y feraz Gran Antilla el 
escenario de sangrientas discordias. 

Cuba careció de verdadera importancia so- 
cial y comercial durante las primeras tres 
centurias de su historia como dependencia 
española : la vitalidad de la colonización se 
había concentrado en los vastísimos estable- 
cimientos del Continente americano, Sur y 
Norte, y los puertos de la Isla, cerrados al 
comercio del mundo, sirvieron sólo de lugar 
de refugio, reparación y abrigo a las embar- 
caciones que de Nueva España y Sur Amé- 
rica cruzaban el océano para llevar a la me- 
trópoli los productos y el oro de tan exten- 
sos territorios o para traer de aquélla, en 



COLONIALES 



cambio, manufacturas y nuevas inmigra- 
ciones. 

Sometida la isla al régimen absoluto mili- 
tar y teocrático que caracterizó siempre la 
dominación española; con escasa población, 
reducidísimo comercio y limitadas comunica- 
ciones con el mundo exterior, los pobladores 
diseminados en su extensa superficie vivie- 
ron descuidados e indiferentes a los asuntos 
públicos, sin más preocupación que el bien- 
estar material inmediato, abundatemente 
satisfecho con la productividad del suelo, ni 
más inquietudes que las invasiones ocasiona- 
les de piratas y foragidos. 

Las mismas condiciones del país, favore- 
cido por la naturaleza con excepcionales do- 
nes, trajeron el crecimiento de la población, 
que si en 1774 era sólo de 96,440 blancos y 
33,409 negros, en 1804 se había elevado a 
234,000 blancos de origen europeo y 198,000 
negros de origen africano, no contando en 
esas cifras ninguna de la escasa raza indíge- 
na, ya extinguida. 

El aumento de la población, lógica secue- 
la del aumento de la riqueza, trajo consigo 
el consecuente desarrollo de la cultura y el 
ansia de bienestar en todos los órdenes que 



10 LOS PARTIDOS 

determina en los pueblos nuevos la aspira- 
ción al mejoramiento político. 

Desde esa época comenzaron, con mayor o 
menor acentuación, las reiteradas manifesta- 
ciones, gestiones y protestas de los cubanos 
para mejorar su estado y regir sus propios 
intereses, con tanto más fundamento cuanto 
ya las colonias hispanoamericanas del conti- 
nente batallaban por su emancipación y las 
trece colonias inglesas de Norteamérica — que 
se administraron bajo mejores auspicios — 
habían realizado su independencia de Ingla- 
terra. 

Muchos jóvenes cubanos herederos de fa- 
milias ricas y nobles, o de altos empleados 
metropolitanos arraigados en el país, habían 
ido a educarse en el extranjero, por la falta 
de escuelas y establecimientos de enseñanza 
en el suelo patrio, y al regresar trajeron el 
caudal de ideas y las iniciativas del hombre 
civilizado que se afanaron en propagar y afir- 
mar entre sus compatriotas. Fundaron plan- 
teles privados de enseñanza y cátedras de 
filosofía y ciencias naturales; importaron la 
imprenta, crearon asociaciones para el fo- 
mento de los intereses económicos, agrícolas, 
científicos y artísticos, y en pocos años el 



COLONIALES 11 



cuadro reducido y obscuro de la colonia mi- 
litar, atrasada e inculta, se modificó ventajo- 
samente, viéndose crecer pujante dentro de 
marco tan grosero y estrecho una juventud 
de grandes alientos, un grupo de directores 
de amplias iniciativas y de acción fecunda y 
una sociedad más adelantada. 

A este resultado contribuyó sobremanera 
el hecho de haberse franqueado al comercio 
mundial los puertos de la isla, merced a las 
gestiones previsoras y tenaces de uno de los 
más notables precursores de la era de rege- 
neración social a que aludimos, elevado por 
sus riquezas y antecedentes de familia a la 
dignidad de Senador del Reino, don Francis- 
co Arango y Parreño. 

Si el gobierno de España se hubiera aco- 
modado al andar de los tiempos y en conce- 
siones graduales hubiese seguido las corrien- 
tes generosas y progresivas que ha jo tales 
auspicios parecían impulsar el espíritu de la 
sociedad cubana, ansiosa de adelanto y bien- 
estar, indudablemente habría fundado en el 
corazón de América una colonia poderosa, de 
duradera vitalidad, cimiento de su soberanía, 
o por lo menos, memorial perpetuo y glorio- 
so del descubrimiento del nuevo mundo y 



12 LOS PARTIDOS 



de su colonización. Pero se obstinó en mante- 
ner el antiguo molde, el régimen absoluto, 
centralizador y absorbente en lo económico, 
militar y despótico en lo político, imponente 
e intolerante en lo religioso. 

De esta manera, a medida que la pobla- 
ción creció en Cuba y con ella la producción 
y la riqueza material, creció también ese mal- 
estar moral, latente y profundo, que es el 
resultado lógico, paralelo y consistente de 
todo sistema de gobierno en que no entra 
para nada el consentimiento de los gober- 
nados. 

El año 1820 tenía ya la Isla de Cuba 
553,000 habitantes y más de setenta ciuda- 
des o villas y, sin embargo, carecía hasta de 
régimen municipal, pues la misma adminis- 
tración vecinal se ejercía por delegaciones pri- 
vilegiadas del gobierno central, con exclusión 
de la facultad electiva de los vecinos. Sólo 
hasta el año 1859 vino a establecerse el 
sistema de Ayuntamientos, pero aun en esta 
época tan avanzada en los pueblos de civi- 
lización europea, con exageradísimas restric- 
ciones respecto a la elección de los conceja- 
les, hecha indirectamente por compromisa- 
rios designados por el gobierno entre los ma^ 



COLONIALES 13 



yores contribuyentes y asignando la mayor 
parte de esos cargos vecinales, vitaliciamen- 
te, a funcionarios de nombramiento real. En 
manera alguna se dio acceso al elemento po- 
pular. El derecho de elección, de formas de- 
mocráticas, fué desconocido en Cuba hasta 
que lo conquistaron en épocas ulteriores los 
sangrientos sacrificios de las revoluciones. 

Y si esto acontecía en el limitado campo 
de las iniciativas vecinales, ¿qué no fué en el 
más vasto y complejo de los intereses colo- 
niales? Los cargos públicos, los impuestos, 
las erogaciones y tributos de todo género 
para el fisco y para el clero, los servicios de 
interés general fueron siempre regulados por 
decretos e imposiciones del gobierno central 
lejano, con desconocimiento de los intereses 
locales y con absoluta omisión de la delibe- 
ración, consulta y consentimiento de los co- 
lonos. 

El sistema de administración fué simple- 
mente el siguiente : regía en Cuba con facul- 
tades omnímodas de virrey en lo político, mi- 
litar y económico y de patrono en lo eclesiás- 
tico, un capitán general apoyado por un 
ejército y armada poderosos, procedentes de 
la metrópoli, y por un séquito de empleados 



14 I.OS PARTIDOS 

de todos los órdenes, nombrados y enviados 
también de la corte, todos bajo sus inmedia- 
tas órdenes y sujetos a su libérrima remo- 
ción. Las ciudades y villas eran regidas por 
delegados militares de su nombramiento y a 
ellos y sus adláteres y secuaces estaba enco- 
mendado todo el régimen financiero, de go- 
bierno, fomento, justicia y policía. 

No existía el lazo armonioso y suave de la 
solidaridad e identidad de ansias e intereses 
entre los de arriba y los de abajo, sino era 
perceptible en todas las manifestaciones de 
la vida colectiva la prevención y el recelo 
que dividía a opresores y oprimidos. 

No es de extrañar, por tanto, que exclui- 
das las manifestaciones populares en Cuba, 
estuviese el país en lamentable atraso inte- 
lectual casi a la mitad del siglo xix; que en 
1793 sólo hubiese en toda la extensión de la 
Isla de Cuba siete escuelas con un total de . 
quinientos alumnos, ni que en 1824, en la 
misma Habana, la capital, que entonces te- 
nía ya cerca de 140,000 habitantes, sólo hu- 
biera asignados de fondos comunales cien pe- 
sos mensuales para sostenimiento de la en- 
señanza pública. 

No existía al lado del gobernador militar 



COLONIALES 



ninguna corporación o asamblea o mero cuer- 
po consultivo que tuviese el derecho, emana- 
do de la voluntad popular, de informarle e 
ilustrarle sobre las cuestiones de interés ge- 
neral. Su voluntad era absoluta y soberana; 
su criterio el arbitrio, y en semejante actitud 
regularmente el mal prevalecía y las resolu- 
ciones del poder ejecutivo no se ajustaban a 
los estrictos preceptos de la justicia. 

Y esto acontecía con tanto más motivo 
cuanto el hecho ya consumado de la emanci- 
pación de las demás colonias hispanoamerica- 
nas del continente avivaba el recelo y la des- 
confianza de los gobernantes respecto de los 
naturales del país y les imbuía la creencia 
errónea de que sólo por un sistema de repre- 
sión y de dureza habría de impedirse la re- 
producción de aquellos tremendos conflictos 
racionales. España en 1812 derrocó por me- 
dio de una revolución el sistema absoluto de 
sus monarcas y se dio una constitución de- 
mocrática. Con este motivo, al calor de las 
nuevas ideas saturadas de los principios ge- 
nerosos que inspiraron la Revolución France- 
sa, fueron también convocados al congreso 
español en Cádiz los diputados de los países 
hispanoamericanos y entre ellos los de Cuba. 



16 I.OS PARTIDOS 

Pareció que el nuevo orden constitucional 
de la monarquía española había de abrir nue- 
vos horizontes a la colonia cubana haciéndo- 
la partícipe de las franquicias, garantías y 
derechos que para todos los españoles se con- 
sagraban. 

Pero la restauración del viejo sistema -por' 
la intervención francesa o de los ejércitos de 
Napoleón en la Península, las intermitencias 
de expansión y reacción y los frecuentes cam- 
bios que ocurrieron en pocos años en el go- 
bierno metropolitano, no permitieron hacer 
efectiva y útil la asistencia de los diputados 
cubanos en el Parlamento ni conocer el ver- 
dadero criterio de los políticos españoles so- 
bre el derecho de representación de Cuba. 

Esto vino a conocerse y sentirse de modo 
humillante y cruel en 1836, cuando asenta- 
das ya las instituciones monárquico-consti- 
tucionales, libre la península hispana de las 
internas sacudidas revolucionarias y con la 
abrumadora realidad de la pérdida del con- 
tinente centro y suramericano, consideró la 
i! ación más acertado y seguro para su do- 
minio en Cuba, restaurar y afirmar su an- 
tiguo e inveterado sistema de represión, ex- 
clusión y fuerza. 



COLONIA I. liS 17 



Entonces se dio el espectáculo irritante y 
vergonzoso de la expulsión del Congreso es- 
pañol de los diputados de Cuba que acaba- 
ban de ser electos, que habían hecho el viaje 
a través del Atlántico con abandono de sus 
intereses y familia para cumplir sus deberes 
cívicos y que aguardaban en la corte la apro- 
bación de sus actas. Uno de los representan- 
tes más caracterizados del Gobierno, el se- 
ñor Sancho, en plena sesión celebrada en 2 
de abril de 1837, declaró: "Que el Gobier- 
no jamás había tenido la opinión de que de- 
bían concurrir diputados de América; que 
lo había considerado como un mal que era 
necesario cortar; que fué una calamidad que 
asistieran y que aun desde 1812, al estallar 
aquella gloriosa revolución que dio nacimien- 
to en la monarquía española al sistema cons- 
titucional, se procuró que no rigiese en Cuba 
Ja Constitución, y se resolvió que concurrie- 
se de allí el menor número de diputados." 

Los representantes cubanos, entre quienes 
uguraba en primer término, como jefe, el 
ilustre escritor y estadista José Antonio 
Saco, el personaje más conspicuo por sus 
vastos talentos y sus obras que ha producido 
Cuba, elevaron una enérgica y razonada pro- 



18 i.os partí nos 

testa a los cuerpos legisladores contra tan in- 
justificada resolución; mas este cívico em- 
peño sólo sirvió para acarrearles la persecu- 
ción y el destierro. 

A renglón seguido el gobierno constitucio- 
nal, bajo las inspiraciones y rúbrica de uno 
de los hombres de más acentuado liberalis- 
mo en España, el orador Arguelles, promul- 
gó el famoso Real Decreto de 25 de abriL de 
3837, que fijó las bases orgánicas del gobier- 
no especial de Cuba y que asentó y ratificó 
en e.lla para mucho tiempo el sistema más 
duro, centralizador y despótico y la absolu- 
ta exclusión del cubano en la administración 
pública. 

Por ese incalificable úkase de la reina re- 
gente de España, doña María Cristina, invo- 
cándose aviesamente los deseos manifestados 
en todas ocasiones por la mayor parte de 
los habitantes de Cuba, se dispuso que la 
Isla sería regida por leyes especiales análo- 
gas a su situación y circunstancias y propias 
para hacer su felicidad, sin participar por 
medio de diputados en las funciones legis- 
lativas; que se esforzase la vigilancia y la 
severidad del castigo contra los malévolos 
descontentos que aparentaban apetecer una 



COLONIALES 19 

libertad que no entendían ; que se siguieran 
aplicando las antiguas leyes de Indias (las 
que fueron dictadas en los primeros tiempos 
del descubrimiento y la colonización, y, por 
lo tanto, impropias para pueblos ya forma- 
dos, de distintas y nuevas necesidades y de 
mayor civilización) y las Eeales Ordenes y 
Decretos que se fueran dando como se cre- 
yese más conveniente a la prosperidad del 
país, y por último, que se aplicase en los 
términos más estrictos la censura de impren- 
ta y se impidiese la circulación de libros, fo- 
lletos y periódicos impresos en el extranjero. 
Como coronamiento de estas disposiciones se 
otorgó a los capitanes generales de la Isla las 
omnímodas atribuciones de los gobernadores 
de plazas sitiadas. 

Bajo tan tenebrosos auspicios quedó orga- 
nizada la vida pública en Cuba. 

Su consecuencia lógica fué que el despo- 
tismo militar se entregase a los mayores ex- 
cesos, entre los cuales hay que señalar como 
el más grave, el contrabando e importación 
de negros esclavos del África, violándose la 
ley de los tratados con Inglaterra, y como 
cosa corriente, la persecución, la prisión, el 
destierro y el castigo de todos los hombres 



20 LOS PARTIDOS 

prominentes del país que desde la época de 
^.rango y Parreño en 1810, hasta la del mis- 
mo Saco, expulsado del Congreso en 1836, 
aislados o juntos, aunque sin organización 
política ostensible por imposible, habían es- 
tado reclamando o exponiendo el deseo co- 
lectivo de mejoras en el sistema administra- 
tivo de la Isla y de la prudente intervención 
de los naturales en su gestión. 

Un hombre de carácter duro, cruel y lleno 
de prevenciones contra los americanos, fué 
el encargado de reforzar el régimen de go- 
bierno despótico establecido en el Real De- 
creto que hemos citado, y en verdad que no 
pudo hacerse elección más acertada para los 
fines propuestos. Ese hombre fué el general 
don Miguel Tacón, modelo entre déspotas y 
de execrable recuerdo. 

Bajo su mando se repitieron en la des- 
graciada Isla, situada en el corazón de la 
libre América, por incomprensible anacro- 
nismo, las proscripciones de Sila, y por el 
terror y la fuerza se quiso asentar los cimien- 
tos de una indestructible y perpetua domi- 
nación, como si se hubiese querido vengar en 
Cuba el imborrable agravio de la emancipación 
de las demás colonias españolas de América. 



COLONIALES 21 



Los cubanos, que hasta entonces, aun a la 
vista de las guerras de independencia del 
Continente habían permanecido fieles a su 
metrópoli y consagrádose casi exclusiva- 
mente por medio de sus proceres y escrito- 
res a pedir reformas políticas y administra- 
tivas graduales que mejorasen o modificasen 
favorablemente las condiciones de la colonia 
militar de explotación, procuraron desde ese 
momento histórico, en las conspiraciones se- 
cretas y en frecuentes tentativas de suble- 
vación general, el remedio a sus desdichas 
con el credo y el ansia de la independencia 
para sacudir totalmente el yugo opresor de 
sus dominadores. 

Ese obscuro y desconsolador período de 
la historia de Cuba desde 1836 a 1855, está 
lleno de relatos de intermitentes explosiones 
heroicas, sofocadas en su origen y empapa- 
das con lágrimas de proscriptos y sangre de 
mártires. 



Bajo la sombra fatídica del horrible sis- 
tema que hemos bosquejado a grandes ras- 
gos y que perduró muchos años ; excluidos 
sistemáticamente los cubanos de toda inge- 



LOS PARTIDOS 



rencia en la administración, sin disfrutar si- 
quiera de autonomía en lo municipal, gober- 
nados y administrados de cerca por delega- 
dos militares personales y de lejos por un mi- 
nistro de Ultramar en Madrid; aprisionados, 
cohibidos, en perpetua y dura tutela, obede- 
ciendo leyes que no hacían, decretos que no 
les consultaban, pagando crecidos y varia- 
dos impuestos que no votaban, acaso ha- 
brían quedado rezagados en las vías de pro- 
gresos que el siglo xix en su curso y en sus 
postrimerías había abierto y ensanchado en 
los pueblos contemporáneos, si la posición geo- 
gráfica de la Isla, la configuración larga y 
estrecha de su territorio bordado de magní- 
ficos puertos y la misma riqueza y producti- 
bilidad de su suelo que daba desarrollo y 
auge a su comercio, no hubiesen puesto a sus 
moradores en contacto diario con el mundo 
exterior, facilitándoles por asociación e in- 
tuición y por la natural corriente y cambio de 
ideas, los medios expeditos y sencillos de cul- 
tivarse y educarse por sí mismos y de pre- 
pararse para un porvenir mejor. 

En este sentido puede afirmarse que la 
clave de los adelantos intelectuales, indus- 
triales y de todo orden de Cuba, ha estado 



COLONIALES 23 

principalmente en su proximidad a los puer- 
tos de la Unión Americana y en su estrecho 
comercio con ellos. 

Cualquier observador que hubiera visita- 
do a España, los Estados Unidos y Cuba en 
aquella época, habría notado que en las ar- 
tes industriales y comerciales, en las costum- 
bres democráticas, en los hábitos sociales, en 
todo eso que se llama en los pueblos modo de 
vivir y perfila el carácter de la colectividad, 
había en Cuba más rasgos del pueblo yan- 
Lee que del pueblo español; las tradiciones 
7 las formas aparecían nuevas y desterra- 
das las rancias preocupaciones del viejo 
mundo. 

Y es que el general Tacón y sus continua- 
dores no pudieron impedir que llegaran a 
Cuba las innovaciones industriales y mecáni- 
cas creadas y desarrolladas por el gran pue- 
blo vecino, que el ferrocarril, el telégrafo, el 
teléfono y las múltiples aplicaciones de la 
electricidad, los sistemas y aparatos agríco- 
las, los libros, los peródicos, todo, al ser in- 
troducidos y explotados en la Isla, llevasen 
el raudal de luz, de enseñanza, de ilustración 
que tales transformaciones implican. 

Esos viejos gobernantes pudieron coartar 



24 I.OS PARTIDOS 



con mano de hierro las iniciativas comuna- 
les, pero no pudieron cercar la atmósfera del 
territorio que administraban ni impedir que 
por ella y por la irradiación de las ideas cre- 
ciese al par que la riqueza la cultura del 
pueblo y su afán y su amor por las institu- 
ciones democráticas. 

Sería pretensión tan insensata como la de 
cubrir con la mano los rayos del sol para que 
no llegasen a la tierra, querer impedir la 
salvadora influencia que necesariamente ejer- 
ce en un pueblo la proximidad de on. gron 
centro de ilustración y progreso. 

En 1865, a pesar de sus trabas, Cuba te- 
nía ya una población de 1.300,000 habitan- 
tes; su producción azucarera y tabacalera 
iban en auge y contribuía al tesoro de la na- 
ción con un presupuesto, impuesto, de trein- 
ta y un millones de pesos. El sistema de la 
esclavitud aumentaba aparentemente las con- 
diciones de bienestar material de los blan- 
cos y el gobierno de España realizaba su 
único ideal en las colonias extrayendo del 
tesoro de éstas millones y millones de pesos 
para distintas atenciones nacionales. 

Las delicias de este estado de prosperidad, 
más ficticio que real, parecieron aquietar las 



COLONIALES 



sospechas y prevenciones gubernamentales y 
los cubanos que no se habían descuidado en 
suplir las deficiencias oficiales educando a 
sus hijos en los colegios privados, de funda- 
ción particular, o en el extranjero, especial- 
mente en los Estados Unidos, y en fomentar 
la cultura general, cuanto fué posible, en aso- 
ciaciones de instrucción y recreo, literarias 
y artísticas, aplicando a esos fines, los úni- 
cos posibles en la estrecha esfera en que se 
agitaban, los sobrantes de sus fortunas, tam- 
poco se mostraron remisos, al aflojarse los la- 
zos de la represión, en pedir nuevamente al 
gobierno de España, las reformas prudentes 
que necesitaba la administración interna del 
país, sometido invariablemente al régimen 
militar arbitrario. Y hay que hacer constar 
en honor a la justicia, que en tan justificadas 
demandas, aunque en términos más modera- 
dos, les acompañaron algunos de los espa- 
roles peninsulares residentes en Cuba que 
habían hecho fortuna en ella y creado fa- 
milias y unos cuantos políticos notables de 
Madrid, como Olózaga, Alcalá Galiano y 
otros, que observaban con patriotismo y pre- 
visión las señales avanzadas de los tiempos. 
Esto aconteció con más visibles aspectos 



26 i.os PARTrnos 

durante el gobierno sucesivo en Cuba de los 
capitanes generales D. Francisco Serrano y 
D. Domingo Dulce, quienes en el sistema im- 
perante de los gobernadores de plazas sitia- 
das, se distinguieron por su marcada tole- 
rancia, por el interés que aparentaban inspi- 
rarles los males del país y su remedio, en 
comparación con la inicua dictadura ejerci- 
da por sus predecesores desde Tacón. 

Si aquellas facultades ilimitadas y arbi- 
trarias sirvieron para oprimir, por ministe- 
rio de la misma arbitrariedad, no de la ley 
que garantizase a los ciudadanos su derecho, 
también podían emplearse en la lenidad y la 
tolerancia. 

Así lo hicieron los generales Serrano y 
Dulce. Suavizaron la censura de la prensa, 
dando más expansión a las manifestaciones 
del pensamiento; dejaron ensancharse y re 
producirse las asociaciones; enaltecieron a 
ios hombres de ciencias y letras; permitieron 
la celebración de banquetes políticos, y por 
íiltimo, toleraron el derecho de petición co- 
lectiva, dando curso ellos mismos a la so- 
licitud firmada por veinte mil cubanos y di- 
rigida a la reina de España, en la que respe- 
tuosa y razonadamente recomendaban la 



COLONIALES 



necesidad de las reformas administrativas. 

El hecho fué inusitado y alentador, porque 
entre las muchas desdichas de los cubanos — y 
esto parecerá incomprensible a cualquier lec- 
tor extranjero — estaba la de no poder diri- 
girse a su gobierno con ninguna clase de pe- 
tición en colectividad. Su mísero destino era 
sufrir todas las contrariedades de la suerte; 
todas las injusticias y durezas de sus gober- 
nantes inmediatos y guardar silencio, so pena 
de castigos y persecuciones severísimas. 

El gobierno de S. M. la reina doña Isabel II 
de Borbón simuló también aflojar los lazos 
tirantes de la gobernación en la colonia y 
disponerse a realizar modificaciones conve- 
nientes y necesarias en su organismo admi- 
nistrativo, y en 25 de noviembre de 1865 
promulgó un Real Decreto en que autoriza- 
na al ministro de Ultramar para abrir una 
información sobre las reformas sociales, po- 
líticas y económicas que pudieran hacerse en 
ti gobierno de las islas de Cuba y Puerto 
Rico y para convocar al efecto determinado 
número de comisionados de dichas islas ele- 
gidos por los mayores contribuyentes de los 
respectivos Ayuntamientos. 

El país entero recibió con espontáneas ma- 



28 I-OS PARTIDOS 

nif estaciones de entusiasmo y regocijo estas 
nuevas y la elección de los comisionados se 
verificó en la plena confianza de que había 
llegado o estaba cercana la hora de las re- 
paraciones y de la justicia. 

A los directores espontáneos y ocasionales 
de este movimiento y agitación electorales; 
a los expositores y propagandistas de su ob- 
jeto en la prensa periódica; a las masas de 
electores privilegiados que los siguieron y 
secundaron en las municipalidades, es a lo 
que se dio en la historia política de Cuba el 
nombre de Partido Reformista, por más que 
en el sentido práctico, constitucional y demo- 
crático no merecía esa denominación el agru- 
pa amiento momentáneo, eventual, sin estatu- 
tos ni lazos continuos de relación, solidari- 
dad y dependencia, legalmente autorizados, 
mantenidos y garantizados, de elementos y 
fuerzas sociales que comulgaran en los prin- 
cipios de un programa político preestablecido. 
Aquel movimiento no fué el de un partido 
propiamente dicho : fué el clamor de un pue- 
blo que sentía el ansia, más gráficamente di- 
cho, el hambre de libertades y bienestar; — y 
su acogida entusiasta y fervorosa a las pro- 
mesas soberanas de mejorar su estado. 



COLONIA LES 29 

Sin embargo, el sentido popular se dio 
bien pronto cuenta de las restricciones que 
en el procedimiento electoral se establecieron 
para limitar la representación de los elemen- 
tos nativos o propiamente cubanos y dar ma- 
yoría a los de los peninsulares residentes, 
que aunque víctimas también del sistema cen- 
tralizador y militar, por mal entendido pa- 
triotismo, y por recelos y prevenciones de 
casta, mantuvieron siempre ostensible y es- 
trecha solidaridad con el gobierno metropo- 
litano y sus delegados. La suspicacia y des- 
confianza inveteradas de la nación que con- 
sideraba necesario allegar informes sobre las 
necesidades de un pueblo que había adminis- 
trado durante trescientos setenta años y de- 
bía conocer en todos sus detalles, se mani- 
festaron al reservarse la facultad, que ejer- 
ció, de nombrar por decreto un número de 
informantes entre los elementos oficiales, 
igual al de los que fuesen electos por los ma- 
yores contribuyentes de los Ayuntamientos. 
Pero, ni aun estas señales tan desconsolado- 
ras hicieron debilitar el fervor de los cuba- 
nos más prominentes que resultaron elegi- 
dos en gran mayoría y que se trasladaron a 
Madrid a cumplir su encargo. 



30 I.OS PARTIDOS 

Allí les estaba reservado el supremo des- 
engaño. El gobierno nombró para tomar par- 
te en las sesiones, en igual número que a los 
electos, a personas notoriamente hostiles a 
toda reforma en las Antillas; encomendó la 
Presidencia de la Junta a un empleado ofi- 
cial del mismo matiz, facultándole para di- 
rigir discrecionalmente las deliberaciones; 
dispuso que los comisionados se limitasen a 
responder al interrogatorio que el mismo go- 
bierno formulase, y por último, que las se- 
siones fuesen absolutamente secretas. 

Ni libertad para exponer y pedir; ni pu- 
blicidad para hacer opinión pública 

Nada de esto debilitó el tesón de los comi- 
sionados, quienes en luminosas respuestas 
— publicadas después subrepticiamente en 
forma de libro en Nueva York, 1867 — senta- 
ron que las aspiraciones de Cuba eran : en 
lo social, la abolición de la esclavitud de los 
negros; en lo político, la identidad de dere- 
chos que la Constitución nacional garantiza- 
ba a los españoles, y en lo económico, la ad- 
ministración del país por el país, la reforma 
de los aranceles, la celebración de tratados 
de comercio y postales con los Estados Uni- 
dos y la abolición de los derechos diferencia- 



COLONIALES 31 

les de bandera que directamente perjudica- 
ban al comercio de la Isla con el de la Unión 
Americana, verdadero, natural e indispensa- 
ble mercado de la Gran Antilla. 

En esa comisión figuró y fué el jefe de la 
representación cubana José Antonio Saco, 
el mismo ilustre publicista y estadista que 
en 1836 había sido expulsado del Congreso 
español y que con otros notabilísimos pro- 
ceres de Cuba, ya en el ostracismo o en el 
mismo país natal, habían continuado las tra- 
diciones de Arango y Parreño, del Pbro. Fé- 
lix Várela, de don Tomás Gener (peninsular) 
y otros muchos reclamando de España en 
luminosos escritos, informes y libros, radica- 
les reformas en la administración de Cuba 
en sentido descentralizador, como medio se- 
guro de mantenerla en paz y próspera, bajo 
la soberanía de la metrópoli. 

La Comisión de Información terminó por 
orden del Gobierno sus sesiones secretas en 
21 de abril de 1867. Si en la época de su con- 
vocación, España por medio de sus delegados 
los generales Serrano y Dulce había instau- 
rado en Cuba un sistema de tolerancia alen- 
tando las esperanzas de sus colonos con ha- 
lagadoras promesas, al terminar las sesiones 



I. OS PARTIDOS 



tres años después, entronizó de nuevo en la 
Isla la política de la represión, la fuerza y 
la exclusión. 

El llamado partido reformista se disolvió 
como se había constituido, sin reclamos ni de- 
claraciones previas. La gracia le había dado 
vida efímera y febril y la desgracia lo ex- 
tinguía. 

Los hombres pensadores del país y el país 
entero se dieron cuenta exacta del engaño y 
falacia de que habían sido víctimas. 

La Historia debe señalar estas maldades 
y contradicciones. 

Toda la benevolencia de que hizo gala Es- 
paña al convocar la Junta de Información, 
tuvo por verdadera causa el haberse empe- 
ñado en la reocupación de Santo Domingo, 
en la expedición a México y en las guerras 
del Pacífico con sus antiguas dependencias 
emancipadas Chile y Perú; en que se des- 
arrollaba coetáneamente la hermosa epopeya 
de los Estados Unidos por la redención de 
los esclavos y sus temores — como en anterio- 
res épocas análogas — de que el descontento 
de los cubanos pudiese agravar aquellos con- 
flictos alzándose en armas para sacudir su 
soberanía. 



COLONIALES 



Sus promesas y todo lo que hizo en apa- 
rentes vías de su intento de reformar la ad- 
ministración y suavizar el rigor de su tute- 
la, fueron dedales de miel con que sedujo 
y atrajo la fidelidad de una colonia leal, an- 
siosa de mejoramiento. 

Evacuado el territorio de Santo Domingo ; 
traído a Cuba el ejército de ocupación de 
aquella isla y de México; terminada la guerra 
del Pacífico, y resuelta, sin conflictos para el 
régimen de la esclavitud en Cuba, la lucha 
de secesión en los Estados Unidos, España 
sacudió sus temores, se sintió de nuevo fuer- 
te, apta para reprimir y sofocar las aspira- 
ciones de los cubanos, y después de disolver 
i a Junta de Información y prohibir la pu- 
blicación de sus trabajos, encomendó el Go- 
bierno de Cuba al general Lersundi, antíte- 
sis de sus dos predecesores, émulo digno del 
déspota Tacón; cargó al presupuesto local 
de la Isla los gastos de sus insensatas empre- 
sas en Santo Domingo, México y el Pacífico, 
haciendo pagar injustamente a los cubanos 
y no a la nación los dispendios de tan te- 
merarios empeños y desastres, y para sofocar 
toda aspiración liberal erigió las Comisiones 
Militares, cohibió las asociaciones, esforzó la 



34 LOS PARTIDOS 

censura de la prensa, y en las prisiones, el 
destierro y el caldalso, hizo sentir de nuevo 
su pesada mano de hierro. 

El país, conmovido ante tan tremendo des- 
engaño, presa de la desesperación, el encono 
y el odio, se lanzó al fin a las armas, y el fruto 
que España recogió de tantos errores fué la 
sangrienta revolución de diez años, que desde 
el 10 de octubre de 1868 hasta febrero de 1878 
— y no completamente sofocada hasta 1880 — 
consumió las fuerzas vivas de tan hermoso 
país, dispersó las familias, destruyó las ri- 
quezas, ahondó las líneas divisorias entre la 
metrópoli y la colonia y sus distintos elemen- 
tos sociales y costó ríos de oro y sangre esti- 
mados por las mismas autoridades españolas 
"en 700.000,000 de pesos y 200,000 hombres 
de significación opuesta". 



COLONIALES 



II 



Una guerra civil prolongada en un país 
cuya población no excedía la cifra de un 
millón quinientos mil habitantes fué causa 
suficiente para el agotamiento de las ener- 
gías colectivas. Cuba, con sus propias fuer- 
zas, perdida toda esperanza de apoyo extra- 
ño, fué impotente para expulsar a su metró- 
poli, y ésta, a su vez, lo fué para dominar 
por completo la rebelión. 

Ambas tendencias violentas languidecieron 
ante la prolongación indefinida de una lu- 
cha sin resultados inmediatos. 

El insurrecto cubano, obligado a procu- 
rarse en los bosques escasos recursos de sub- 
sistencia contra un enemigo posesionado de 
antiguo de las ciudades, los puertos y las 



36 I-OS PARTIDOS 



porciones más pobladas y cultivadas del te- 
rritorio, se dio al cabo exacta cuenta del fra- 
caso de sus heroicos empeños. Sus más in- 
victos caudillos, Céspedes, Aguilera, Agra- 
monte y otros muchos, habían muerto. Los 
patriotas acaudalados que los secundaron al 
comenzar la Revolución, gemían en el des- 
tierro arruinados por la misma acción des- 
tructora de la guerra o por la confiscación 
de sus propiedades que realizó el gobierno 
español, mientras la vigilancia, las persecu- 
ciones, los castigos y crueles medidas de fuer- 
za, debilitaron o rompieron el lazo simpático 
de cohesión, comunicación y auxilio entre los 
elementos pacíficos y los guerreros. 

España a su vez, después de haber sacrifi- 
cado su ejército y gastado el prestigio de sus 
mejores generales, obligada a sostener el país 
en pie de guerra, causa permanente del 
desastre económico, sin aparentar franco y 
explícito convencimiento de sus errores, ofre- 
ció adoptar nuevos métodos expansivos en 
la gobernación de la colonia. 

La paz se restableció — o se inició su resta- 
blecimiento — , honrada con la formalidad de 
lo que se llamó Pacto del Zanjón y se dejó 
suscrito y firmado en el Campamento de San 



COLONIALES 37 



Agustín a 16 de febrero de 1878 (1). Por él 
los rebeldes depusieron las armas bajo la pro- 
mesa de establecerse en Cuba las condicio- 
nes políticas, orgánicas y administrativas de 
que disfrutaba la Isla de Puerto Rico. 

La historia ha demostrado después que ni 
los representantes de los rebeldes capitula- 
dos ni el mismo general Arsenio Martínez 



(1) Pacto del Zanjón. — "Constituidos en junta el 
pueblo y fuerza armada del Derpatamento del Centro y 
agrupaciones parciales de otros Departamentos, como úni- 
co medio hábil de poner término a las negociaciones pen- 
dientes en uno u otro sentido, y teniendo en cuenta el 
pliego de proposiciones autorizado por el General en Jefe 
del Ejército Español, resolvieron por su parte modificar 
aquéllas presentando los siguientes artículos de capitulación : 

Artículo 1.° — Concesión a la Isla de Cuba de las mis- 
mas condiciones políticas, orgánicas y administrativas de 
que disfruta la Isla de Puerto Rico. 

Artículo 2.° — Olvido de lo pasado respecto de los delitos 
políticos cometidos desde 1868 hasta el presente, y libertad 
de los encausados o que se hallen cumpliendo condena den- 
tro o fuera de la Isla. Indulto general a los desertores del 
Ejército español, sin distinción de nacionalidad, hacien- 
do extensiva esta cláusula a cuantos hubiesen tomado parte 
directa o indirectamente en el movimiento revolucionario. 

Artículo 3.° — Libertad a los colonos asiáticos y esclavos 
que se hallen hoy en las filas insurrectas. 

Artículo 4.° — Ningún individuo que en virtud de esta 
capitulación reconozca y quede bajo la acción del Gobierno 
español, podrá ser competido a prestar ningún servicio de 
guerra, mientras no se establezca la paz en todo el terri- 
torio. 

Artículo 5.° — Todo individuo que en virtud de esta ca- 
pitulación desee marchar fuera de la Isla, queda faculta- 



38 I.OS PARTIDOS 



Campos, jefe del Ejército español que san- 
cionó las capitulaciones, conocían el régimen 
vigente en Puerto Rico, sino suponían exis- 
tentes las reformas municipales, adminis- 
trativas y políticas que promulgaron allí los 
gobiernos de la Revolución de Septiembre de 
1868 en la Metrópoli y que derogaron los 
reaccionarios después. (1). 



do, y le proporcionará el Gobierno español los medios de 
hacerlo, sin tocar en población si así lo deseare. 

Artículo 6.° — La capitulación de cada fuerza Fe hará en 
despoblado, donde con antelación se depositarán las armas 
y demás depósitos de guerra. 

Art. 7.° — El General en Jefe del Ejército Español, a fin 
de facilitar los medios de que puedan avenirse los demás 
Departamentos, franqueará todas las vías de mar y tierra 
de que pueda disponer. 

Art. 8.° — Considerar lo pactado con el Comité del Cen- 
tro como general y sin restricciones particulares en todos 
los Departamentos de la Isla que acepten estas condiciones. 

Campamento de San Agustín, a 10 de Febrero de 1878. — 
E. L. Luaces. — Rafael Rodríguez, Secretario." 

(1) Por el artículo 1.° de la Ley de 28 de Agosto de 
1870, puesta en vigor como hemos dicho, en 1872, se decía: 
"que el gobierno y administración de la Isla de Puerto 
Rico correspondían al Gobernador Superior Civil y a la 
Diputación Provincial" y por el artículo 46 se establecían 
las facultades de la Diputación en esta forma-: 

1.° Ejercer las atribuciones que en este Decreto y en el 
orgánico municipal se determinan relativas a las elecciones 
municipales y provinciales; aprobación de los presupuestos 
y cuentas de los municipios; revisión y apelación de los 
acuerdos de estas corporaciones y demás asuntos de ad- 
ministración local.— 2.° Nombrar y separar a todos sus 
funcionarios y dependientes. — 3.° Todo lo concerniente a la 



COLONIALES 39 



El hecho es que los cubanos alcanzaron 
sólo el derecho a la representación en el Con- 
greso español, que conservaba Puerto Rico, 
por medio de Diputados y Senadores, un 
nuevo régimen municipal, y que en lo demás 
relacionado con su constitución política y 
administrativa quedaron a merced de sus an- 
tiguos dominadores, influidos momentánea- 



administraeión y fomento de la Isla, en cuanto por este 
Decreto, el municipal o leyes especiales no corresponda 
expresamente a los Ayuntamientos, Gobernador Superior 
Civil o Gobierno Supremo. — 4.° Dictar disposiciones de ca- 
rácter general y obligatorio para toda la Isla en materia 
de Instrucción Pública, Obras públicas, Bancos y Socie- 
dades, contratación de empréstitos que no excedan de 
$ 50,000 y otras análogas. Estas medidas no serán válidas 
hasta que recaiga sobre ellas la aprobación de las Cortes. 
Si pasase un año sin que las Cortes las hubiesen aprobado, 
se entenderán válidas desde luego. — 5.° Proponer en terna 
al Gobernador Superior Civil los individuos que han de 
ejercer los cargos eclesiásticos de la Isla. — 6.° Informar 
acerca del establecimiento de nuevos impuestos. — Artículo 
47. Los acuerdos de la Diputación Provincial se comuni- 
carán en el término de tercero día al Gobernador Supe- 
rior Civil, el cual podrá suspenderlos en los quince días 
siguientes, si con ellos se han infringido expresamente las 
leyes, reglamentos y disposiciones de carácter general. — 
Artículo 48. El Gobernador Superior Civil remitirá, por 
el primer correo, el expediente al Gobierno, el cual, en el 
término de dos meses, levantará la suspensión o anula- 
rá el acuerdo ilegal. Si transcurriesen cuatro meses desde 
la suspensión sin que se comunique a la Diputación la re- 
solución del Gobierno, se entenderá levantada aquélla." 
Por último, el Gobernador Superior Civil no tenía la 
facultad de disolver la Diputación, sino de llevarla a los 



40 . I.OS PARTIDOS 



mente por el afán de realizar la pacificación, 
elocuentes y fáciles en las promesas de mayo- 
res reformas y prontos después a mistificar- 
las, restringirlas o negarlas. 

En la cuestión social, o sea la de la escla- 
vitud, la Revolución conquistó sólo la afir- 
mación de su programa en el hecho reducido 
de reconocerse la libertad de los negros y 
colonos asiáticos que militaban en la época 
del pacto en las filas insurrectas (1). 



tribunales, ni tampoco la de nombrar los cinco Comisarios 
de la Comisión permanente, verdaderos Jefes del Despa- 
cho de los cinco ramos en que fué dividida la administra- 
ción provincial. 

Como se ve, esto no era la Autonomía Colonial en toda 
su pureza, ni mucho menos ; pero era una autonomía ad- 
ministrativa bastante amplia que Cuba hubiera recibido con 
regocijo, y los hombres del Zanjón con gran satisfacción 
para sus conciencias ; porque era más, pero mucho más de 
lo que aquélla recibió para desencanto de todos, y para que 
un escritor español en un libro oportuno (Biografía del 
General Calleja) hubiera podido decir "que el pacto del 
Zanjón se otorgó bajo una mera apariencia vergonzante." 

(1) Ejercito de operaciones de la Isla de Cuba. — 
Habiendo depuesto las armas los insurrectos del Departa- 
mento Central y de la Comandancia General de la Trocha, 
esperándose que en breve seguirán el mismo ejemplo los 
demás de la Isla. 

Próximo, por lo tanto, el día en que brille para Cuba 
la paz tan anhelada por todos, y deseando señalar tan 
fausto acontecimiento con una nueva prueba del firme pro- 
pósito que anima al Gobierno de S. M. de continuar por el 
camino del progreso ha tiempo emprendido, evitando a la 



coi.oxiai.es 41 

El verdadero triunfo, el gran triunfo de 
la Revolución fué haber hecho posible el es- 
tablecimiento legal en la Isla de Cuba de 
los partidos 1 políticos, hecho insólito, tras- 
cendental, sin precedencia ni aun en las 
épocas brevísimas e intermitentes en que dis- 
frutó de la representación en Cortes durante 
el primer tercio del siglo xix. 



vez posibles incoveniencias de orden social y de disposicio- 
nes dadas durante el período de la guerra. 

Teniendo presente el sentimiento que inspiró la vigente 
ley de emancipación gradual de la esclavitud en esta An- 
tilla: 

Considerando, además, que la mayoría de los que, por 
cualquier concepto, se hallan hoy en la insurrección no han 
figurado en el censo de su clase mandado formar en 1870 
para clasificar su legal condición, o bien han pertenecido 
a dueños que al marcharse a formar parte directa o indi- 
recta de la Revolución cubana, declaraban de hecho y por 
su propia voluntad la libertad de sus siervos que, por otra 
parte, y dada su condición entonces, también carecían de 
responsabilidad civil y política: v 

Y reconociendo por último el derecho ■ que asiste a los 
actuales dueños, que se han mantenido en completa fideli- 
dad a la causa nacional, para ser indemnizados por el Es- 
tado al sacrificar a otras conveniencias su legítima pro- 
piedad : 

Autorizado por el Gobierno de S. M. el Bey, y de acuer- 
do con el Excmo. Sr. Gobernador General de esta Isla, 
vengo en expedir el siguiente : 
bando : 

Artículo 1.° — Todos los esclavos de ambos sexos que se 
hayan encontrado en los campos de la insurrección el día 
10 de Febrero, quedarán libres siempre que se presenten 



42 J.OS PARTIDOS 



En Cuba, en realidad, existieron siempre 
dos bandos, dos clases: para expresarlo más 
gráficamente, dos castas. La de los domina- 
dores, en que entraba el elemento oficial y 
militar con los residentes oriundos de la pe- 
nínsula, identificados por natural solidaridad 
de sentimientos patrióticos o de origen y des-, 
igual apreciación de intereses, y la de los do- 
minados : los blancos naturales del país con sus 
esclavos y los libertos, arraigados en el suelo ; 
los verdaderos productores excluidos de las 
preeminencias gubernamentales ; en suma, el 
Partido Español y el Partido Cubano, y 
uno y otro grupo distanciados por los re- 



en cualquier forma a las autoridades legítimas o tropas del 
Gobierno, antes del treinta y uno del actual mes de Marzo. 

Art. 2.° — Los dueños legítimos de estos libertos que ha- 
yan tomado parte o auxiliado a la rebelión de cualquier 
modo que pueda probarse, no tendrán derecho a indemni- 
zación alguna por la declaratoria anterior. 

Art. 3.° — Los propietarios legales de dichos libertos que 
no se hallen comprendidos en el artículo precedente serán 
indemnizados en su día, conforme a lo que dispone la ley 
de abolición gradual. 

Art. 4.° — Las autoridades locales expedirán ■ édulas de 
vecindad como ciudadanos libres a los que se presenten y 
estén comprendidos en el artículo primero dando cuenta 
directa y detallada a las Comandancias Generales respecti- 
vas, las que se entenderán con las Juntas Jurisdicciona- 
les de Libertos para conocimiento de su nueva condición. 

Puerto Príncipe, "1.° de Marzo de 1878. — Aesenio Mar- 
tínez Campos. — Joaquín Jovellae. 



COLONIALES 43 

celos, las prevenciones y el odio. Consti- 
tuían dos familias en un hogar, divor- 
ciadas por sus distintas tendencias, sen- 
timientos y ambiciones ; la una en la sober- 
bia pretensión de conservar y solidificar la 
soberanía de la nación con medidas represi- 
vas que amparasen sus privilegios, visible y 
constantemente favorecida por el poder so- 
berano : la otra en el afán siempre cohibido 
de ver suavizados los frenos de la imposición 
con medidas liberales, expansivas e igualita- 
rias y tratada como inferior por el gobernan- 
te ; pero ninguna de ellas, desconsiderada de 
igual modo en la explotación, pudo existir, 
al amparo de la ley, con programas de prin- 
cipios definidos, planes de gobierno, medios 
de propaganda, organización regular y esta- 
ble, de suerte que una frente a otra fuesen 
capaces de ilustrar a la nación y mantener 
el equilibrio de opiniones que no sólo sirve 
de guía a los que administran, sino crea la 
armonía de pareceres y da estabilidad a las 
instituciones. 

Eso pudo hacerse en 1878 por la victoria 
virtual aunque raquítica de la Revolución. 
Mas los precedentes, la falta de hábitos de 
educación cívica, los males profundos de diez 



44 LOS PARTIDOS 

años de guerra sangrienta que ahondaron los 
enconos y la desconfianza; el miedo, que se 
clava en el corazón de los pueblos largamen- 
te oprimidos y hace los caracteres irresolu- 
tos y pusilánimes, no eran propicios a esa 
transformación bienhechora. 

La paz se inició o declaró en Febrero de 
1878: las clases oficiales festejaron al Gene- 
ral proclamado pacificador a su regreso a la 
capital, pero hasta el mes de Junio ni aun 
los elementos cuasi gubernamentales dieron 
señales de sacudir su atonía, con la celebra- 
ción de un banquete en el que un orador (1) 
con frases vehementes de plácemes al caudi- 
llo cifraba con timidez las esperanzas de tiem- 
pos más dichosos en el cumplimiento de las 
gracias prometidas y en la concordia de to- 
dos y el Delegado del Gobierno de la Nación, 
el general Martínez Campos, que recibía el 
obsequio, se limitaba a afirmar "que las le- 
yes Municipal y Provincial publicadas eran 
provisionales, que las definitivas con arre- 
glo a las necesidades del país las harían las 
Cortes con el concurso de los Diputados cu- 
banos y éstos podrían allí manifestar sus más 



(1) D. Pedro González Llórente. 



COLONIALES 45 



amplias aspiraciones, que no tardarían en 
ver realizadas si fueran justas". 

El país, la masa sensible y pensadora es- 
tuvo indecisa, incrédula, temerosa y no se 
manifestó hasta seis meses después de cono- 
cida la estipulación del Zanjón. Los patrio- 
tas retraídos se decidieron a salir de sus ho- 
gares excitados por una voluntad personal 
de acción previsora y vigorosa. 

El Partido Liberal Cubano, que celebró su 
primera reunión pública en 9 de Agosto de 
1878, fué la creación de un joven consagrado 
hasta entonces al estudio y las especulacio- 
nes científicas. Julián Gassié — que es y será 
un nombre glorioso — reunió y concertó los 
elementos dispersos; estimuló a los indeci- 
sos y convenció a los tibios y dudosos. 

"La causa de la patria, fué su norma, no 
debía abandonarse a la merced o a la maldad 
adversarias, sino defenderla y ganarla el es- 
fuerzo continuado y consciente de sus hijos." 

El programa que redactaron los iniciado- 
res del Partido reflejó su mismo estado indi- 
vidual y colectivo de duda y timidez (1). 



(1) Programa del. Partido Liberal de la Isla de 
Cuba: Cuestión Social. — Exacto cumplimiento del artículo 
21 de la Ley Moret, en su primer inciso, que dice: "El 



4(5 I.OS PARTIDOS 



Pero dado el primer paso, la obra de aque- 
llos hombres fué magna, gigantesca, sabia y 
heroica. Se dieron cuenta de su nobilísima 
misión. Revivir, ampliar y fortificar el pro- 
grama de los reformistas de 1865 — precur- 
sores de la Revolución — y levantar como pen- 
dón triunfante, en cierto modo, el lábaro re- 
volucionario reivindicado de la derrota por 



Gobierno presentará a las Cortes cuando en ella hayan sido 
admitidos los Diputados de Cuba, el proyecto de ley de 
emancipación indemnizada de los que queden en servidum- 
bre, después del planteamiento de esta Ley." Reglamenta- 
ción simultánea del trabajo de color, libre, y educación mo- 
ral e intelectual del liberto. 

Inmigración blanca exclusivamente, dando la preferen- 
cia a la que se haga por familias, y removiendo todas las 
trabas que se oponen a la inmigración peninsular y ex- 
tranjera ; ambas por iniciativa particular. 

Cuestión política. — Las libertades necesarias. — Exten- 
sión de los derechos individuales que garantiza el título 1.° 
de la Constitución; a saber: Libertad de imprenta, de re- 
unión y de asociación. Derecho de petición. — Además, la 
libertad religiosa y la de la Ciencia en la enseñanza y en 
el libro. 

Admisión de los cubanos, al par que los demás españoles, 
a todos los cargos y destinos públicos, con arreglo al artículo 
15 de la Constitución. 

Aplicación íntegra de las leyes Municipal, Provincial, 
Electoral y demás orgánicas de la Península a las islas 
de Cuba y Puerto Rico, sin otras modificaciones que las 
que exijan las necesidades e intereses locales con arreglo 
al espíritu de lo convenido en el Zanjón. 

Cumplimiento del artículo 89 de la Constitución, enten- 
diéndose el sistema de leyes especiales que determina en el 



COLONIA I. KS 



el compromiso de las reformas ; reclamar el 
cumplimiento de éstas; deducirlas no del 
texto, sino del espíritu del pacto, de sus cau- 
sas y consecuencias; vencer con la palabra, 
la anfión y la protesta perseverantes las pre- 
ocupaciones, los recelos y resistencias de las 
clases dominadoras, siempre hostiles, y, sobre 
todo, acometer la empresa, la más difícil de 



sentido de la mayor descentralización posible dentro de 
la unidad nacional. 

Separación e independencia de los poderes Civil y Mi- 
litar. 

Aplicación a la Isla de Cuba del Código Penal, de la 
Ley de Enjuiciamiento Criminal, de la Ley Hipotecaria, de 
la del Poder Judicial, del Código de Comercio Novísimo 
y demás reformas legislativas con las modificaciones que 
exijan los intereses locales. 

Cuestión económica. — Supresión del derecho tíe expor- 
tación sobre todos los productos de la Isla. 

Reforma en los aranceles de Cuba, en el sentido de que 
los derechos de importación sean puramente frícales, des- 
apareciendo los que existen con el carácter de derechos di- 
ferenciales, sean específicos o de bandera. 

Rebaja de los derechos que pagan en las Aduanas de la 
Península los azúcares y mieles de Cuba, hasta reducirlos 
a derechos fiscales. 

Tratado de comercio entre España y las naciones extran- 
jeras, particularmente con los Estados Unidos, sobre la 
base de la más completa reciprocidad arancelaria entre 
aquéllas y Cuba, y otorgando a todos los productos ex- 
tranjeros en las Aduanas y puertos de la Isla, las mis- 
mas franquicias y privilegios que aquéllas concedan a nues- 
tras producciones en los suyos. 

Habana, 1.° de Agosto de 1878. 



48 r.os PARTIDOS 

todas, de levantar los ánimos desmayados, in- 
crédulos y pasivos en un pueblo anonadado 
por el sufrimiento y las decepciones. 

Haber obtenido este solo resultado en un 
período de tiempo relativamente breve será 
siempre timbre de gloria para aquellos 
hombres. 

Las mezquinas reformas que se habían im- 
plantado por el Gobierno consistieron: 1.°, 
en la promulgación con carácter provisional 
y modificadas de las leyes Municipal y Pro- 
vincial vigentes en la Península, estrictamen- 
te centralizadoras, sin campo para las ini- 
ciativas comunales, si bien sustituían en el 
gobierno de las ciudades y pueblos a los Te- 
nientes de gobernadores y a los Capitanes de 
Partido, odiosos mandarines militares, por 
los Alcaldes de elección y propuesta de los 
Municipios; 2.°, en la convocatoria a Cortes 
de un número de Diputados y Senadores en 
proporción numérica de población desigual 



Suscribían este importante documento José María Gálvez, 
Juan Spoturno, Carlos Saladrigas, Francisco P. Gay, Mi- 
guel Bravo y Sentís, Ricardo Delmonte, Juan Bruno Za- 
yas, José Eugenio Bernal, Joaquín G. Lebredo, Pedro Ar- 
menteros y del - Castillo, Emilio J. Luaces, Antonio Govín, 
Manuel Pérez de Molina, director de El Triunfo. 



COLONIALES 49 



y superior a la que había en la Metrópoli (1) ; 
y 3.°, en la ley electoral de la península tam- 



il) Gobierno general de la Isla de Cuba. — Próxi- 
ma ya a su terminación la guerra que durante el largo 
espacio de más de nueve años ha reclamado preferentemen- 
te la atención, subordinando a su interés capital todo pen- 
samiento y toda medida de Gobierno, e inaugurada feliz- 
mente la paz en condiciones de concordia para el porvenir, 
llega al fin el oportuno momento de realizar conocidos pro- 
pósitos, por causa de la perturbación aplazados, y de intro- 
ducir, por consiguiente, en el actual sistema orgánico, po- 
lítico y administrativo de la Isla, todas aquellas reformas 
que, sin perjudicar la unidad y facultades del poder cen- 
tral, faciliten por medio de la acción de las corporaciones 
populares, desembarazada dentro del círculo legal, com- 
pleto .desenvolvimiento a la vida propia del municipio y de 
la provincia. 

Hace mucho tiempo que, sin la guerra, en armonía con 
lo prescrito en la constitución del Estado, gozaría Cuba de 
las ventajas que necesariamente ha de prnporeionarle la 
posible asimilación a la Península; y fuera de ciertas re- 
formas de carácter social, que por sus condiciones están 
sujetas a leyes especiales y a soluciones definitivas de pro- 
fundo estudio, en todo lo concerniente a la representación 
en Cortes y a régimen administrativo, habría estado en 
análoga situación a huerto Rico. 

Desvirtuado, pues el único inconveniente que a ello se 
oponía, natural y lógico es reorganizar la administración 
en el sentido expuesto, y llamar a la participación de la 
vida pública en beneficio del país, todos los elementos cons- 
titutivos de las nuevas instituciones. 

En esta atención de acuerdo con el Excmo. S. General 
en Jefe y autorizado por el Gobierno de S. M. el Rey, ven- 
go a expedir el siguiente: 

decreto: 

Artículo 1.° — A contar desde la legislatura próxima ve- 
nidera, tendrá la Isla de Cuba su representación en las 



50 i.os pArmnos 



bien restringida en cuanto a la capacidad de 
los electores (1). 

Respecto a garantías individuales para la 
emisión del pensamiento y la asociación y re- 
unión, se estableció el régimen de toleran- 
cia que había prevalecido en los períodos de 
gobierno de los generales Serrano y Dulce. 
Una circular del Capitán General dispuso la 

Cortes del Reino, en los mismos términos que la de Puerto 
Rico con arreglo a su población. 

Artículo 2.° — Se aplicarán asimismo en su Gobierno y 
Administración, las leyes provincial y municipal de la Pe- 
nínsula fecha 2 de Octubre de 1877, publicadas en la 
Gaceta de Madrid de cuatro del mismo mes y año, tal y 
como rigen en Puerto Rico. 

Artículo 3.° — Se solicitará del Gobierno do S. M. que 
sucesivamente vaya aplicando a esta Isla, con las modifi- 
caciones que crea convenientes, y en virtud de lo precep- 
tuado ,en el artículo 89 de la Constitución de la Monar- 
quía, las demás leyes promulgadas o que se promulguen 
.para la Península. 

Habana, 1.» de Mayo de 1878. — Joaquín Jovellar. — 
Arsenio Martínez Campos. 

(1) Las Leyes Municipal y Provincial de la Península, 
modificadas, se promulgaron en Cuba en 28 de Junio 
de 1878. 

La Ley convocando Diputados a Cortes se promulgó en 
9 de Julio de 1878. 

La Ley dividiendo la Isla en seis provincias para la 
constitución de las diputaciones provinciales se promulgó 
en 15 de Julio de 1878. 

El estado de sitio en Cuba se levantó por Decreto de 10 
de Agosto de 1878. 

Las facultades del Gobernador General se determinaron 
por Real Decreto promulgado en 9 de Agosto de 1878. 

La Ley lectoral de 20 de Agosto de 1870, modificada, 



coloniales 51 

lenidad en el ejercicio de la censura previa 
de la prensa y autorizó la constitución de las 
asociaciones políticas (1). 

En la estrechez de este círculo, pero acep- 
tándolo como ¡junto de partida, los liberales 
cubanos se movieron para ensancharlo con 
altivez, resolución deliberada, denuedo y ci- 
vismo. 



para las elecciones municipales y provinciales, se promul- 
gó en 16 de Agosto de 1878. 

La Ley Electoral de Diputados a Cortes, provisional y 
modificada, de 20 de Julio de 1877, se promulgó en Cuba 
en 26 de Agosto de 1878. 

( 1 ) Gobierno general de la Isla de Cuba. — Circu- 
lar. — Publicado el Decreto de 9 del que rige, sobre eleccio- 
nes municipales, y abierto por consiguiente el período elec- 
toral, se hace preciso dictar algunas reglas acerca del de- 
recho de reunión y de las manifestaciones de vida que 
los diversos partidos políticos pretendan hacer, durante 
aquel período, por medio de la prensa. 

Aunque lo ocurrido en esta capital pudiera servir a V. 
de criterio, para arreglar a él su conducta, deseoso este 
centro superior de dar satisfacciones a la pública opinión 
y de que se interprete del mismo modo en todas partes el 
pensamiento que anima al Gobierno, considero oportuno 
hacer a V. las siguientes advertencias: 

1. a No existiendo inconvenientes o peligros para el or- 
den público, a cuya consideración debe V. consagrar todo 
su celo, autorizará V. cuantas reuniones se soliciten por 
personas responsables, para tratar de asuntos electorales ; 
caso de negarse el permiso, me dará V. conocimiento de 
los motivos en que haya fundado su negativa. 

2. a Sin cohibir en lo más mínimo la libertad de dis- 
cusión, de los que se reúnan con dicho objeto, recomendará 
V. muy especialmente a los que promuevan o presidan 



0¿ LOS PARTIDOS 

Disiparon con su propaganda enérgica y 
constante el estupor de las poblaciones ale- 
targadas; sacrificaron su reposo y sus inte- 
reses personales para llevar a todas las ciu- 
dades y pueblos de la Isla sus enseñanzas en 
periódicos, folletos y libros, en sus discursos 
fogosos y persuasivos pronunciados en fre- 
cuentes mítines, y para organizar en cada 

esas reuniones el mayor tacto y prudencia ; a fin de evitar 
que se viertan especies que tiendan a sembrar la discordia 
entre hermanos, ya reconciliados; o, ataque siquiera sea 
de un modo indirecto, a la integridad de la patria y a nues- 
tras instituciones fundamentales. Si a pesar de todo, tal 
sucediese, disolverá V. inmediatamente la reunión, a re- 
serva de exigir si es necesario la responsabilidad de los des- 
órdenes a los autores del escándalo, en primer término, y 
a los promovedores de la reunión después. 

3. a Permitirá V. también a los periódicos de esa localidad 
que, dentro del mismo criterio, discutan las cuestiones elec- 
torales, formulen candidaturas, copien artículos políticos 
de la prensa de esta capital, hagan propaganda de ideas 
legales, etc., etc. ; pero reprimirá V. con prudente energía 
todo abuso cometido por la prensa, cuya noble misión no 
es ciertamente la de excitar las malas pasiones, ni enve- 
nenar la vida pública, sino por el contrario la de ilustrar, 
guiando por buen camino, a los que, por falta de instruc- 
ción u otras causas, no tienen juicio propio sobre las gra- 
ves cuestiones que agitan a la sociedad. 

De la ilustración de V. me prometo que sabrá inspirarse 
en estas indicaciones generales, y de su reconocido celo 
espero que en esa jurisdicción no ocurrirán desórdenes de 
ninguna clase ; comprobándose así, una vez más. que nues- 
tra privilegiada raza sabe, al par que combatir con heroís- 
mo en la guerra, ser digna de los hermosos beneficios de 
la paz. — Arsenio Martínez Campos. — Habana, 16 de Agos- 
to de 1878. 



COLONIALES 53 

capital de provincia, en cada villa y aldea, 
un Comité Provincial o un Comité Local en 
relación jerárquica de comunicación y de- 
pendencia con la Junta Central Directiva, 
logrando virtualmente y de hecho que la 
agrupación fuese el exponente sólido, disci- 
plinado y firme de los sentimientos y aspira- 
ciones del país y que éste ofreciera como co- 
rolario de su fuerza y prestigio el espectácu- 
lo imponente de una agitación constante, en- 
tusiasta, conmovedora e impresiva. 

A esta actitud resuelta se debió la total 
pacificación de la Isla, pues las capitulacio- 
nes del Zanjón en el Camagiiey tuvieron la 
protesta de Baraguá en Oriente y la perma- 
nencia en este accidentado territorio de es- 
casas fuerzas rebeldes, con los generales Ma- 
ceo y Vicente García, que determinaron un 
nuevo brote revolucionario en 1879 y 1880, 
prontamente extinguido. 

Un general español, el general Blanco, que 
sucedió a Martínez Campos en el gobierno 
de la Isla, declaró en documento oficial que 
más que sus ejércitos había recobrado la paz 
la influencia del Partido Liberal; afirmación 
que corroboró más tarde el general insurrec- 
to Máximo Gómez al disolver la Junta Re- 



54 LOS PARTIDOS 



volucionaria por la inefectivdad de sus es- 
fuerzos ante las nuevas corrientes de la opi- 
nión pública en Cuba. 

La timidez del programa inicial del Parti- 
do Liberal respondió a la necesidad de no 
alarmar a los poseedores de intereses arrai- 
gados creados por el régimen de la esclavitud 
de los negros y atraer a sus filas valiosos ele- 
mentos afines y de no producir con proposi- 
siones radicales las resistencias poderosas de 
las clases dominadoras, fuertes siempre en 
sus intransigencias y apoyadas por las mili- 
cias de voluntarios organizadas durante la 
guerra y aun no disueltas. 

En la cuestión social propusieron como so- 
lución la emancipación indemnizada de los 
que estuviesen en servidumbre, la reglamen- 
tación del trabajo libre de los negros liber- 
tos y su educación moral e intelectual. 

En el problema político reclamaron los de- 
rechos individuales que la constitución de la 
monarquía garantizaba a los españoles; el 
régimen municipal y provincial, la legisla- 
ción civil y penal vigentes en la Metrópoli y 
acentuaron en una fórmula embozada y ha- 
bilidosa el deseo antiguo y justificado de un 
régimen administrativo propio para la co- 



coi.ontai.es 



lonia, pidiendo que las leyes especiales, que 
a este objeto prevenía el artículo 89 del Có- 
digo fundamental de la Nación, se determina- 
ran en el sentido de la mayor descentraliza- 
ción posible dentro de la unidad nacional. 

En lo económico la proclamación fué lata 
en cuanto a combatir el proteccionismo irri- 
tante de los productos peninsulares y ensan- 
char el comercio de importación extranjero 
y de exportación de los productos propios 
con la supresión de gabelas y con tratados de 
comercio y de reciprocidad, especialmente 
con los Estados Unidos. 

Cuando no obstante la timidez de esas pe- 
ticiones, los directores del Partido Liberal 
atrajeron con su activa propaganda la sim- 
patía y adhesión de todos los elementos na- 
tivos, y aun la de algunos peninsulares de 
espíritu levantado y de concepto público, 
como el economista señor M. Conté, suaviza- 
ron o esterilizaron las intransigencias de los 
que aun alentaban el ideal y el propósito de 
la independencia por la rebelión ; produje- 
ron la oposición apasionada y sistemática del 
partido integrista conservador, constituido 
para combatirlos, con el nombre de Unión 
Constitucional, por los elementos españo- 



56 LOS PARTIDOS 



les y sus afines, tradicicmalmente hostiles a 
las reformas liberales, y vieron manifestarse 
de nuevo en los actos del gobierno el favor y 
la solidaridad con esta última clase, para 
apoyar sus injusticias en ella; dándose cuen- 
ta de que constituían una legión numerosa, 
bien organizada, fuerte para reclamar res- 
peto, porque tuvo su cuna en la Revolución 
y debía tener su victoria en el gobierno pro- 
pio, desplegaron con sentido oposicionista, 
firme y prudente, todas las envolturas de su 
primitivo programa. Respondieron con esta 
conducta no sólo a los clamores de su concien- 
cia y de su pueblo, sino a las manifestaciones 
desenmascaradas de los ministros conserva- 
dores del gobierno de Madrid, que daban por 
cumplidas todas las promesas hechas en el 
Zanjón y llamaban a ese compromiso "hoja 
de parra arrojada a una rebelión venci- 
da" -(I). 



(1) Por la índole y extensión de este trabajo nos limi- 
tamos a exponer en conclusiones sucintas un largo proceso 
histórico. El mencionado relato y comprobación daría mate- 
ria para extensos vohímenes, como los reclama la historia 
del Partido Antonomista, en relación con la política na- 
cional española, que nadie ha escrito todavía. No debe olvi- 
darse que el general Martínez Campos, que hizo la paz con 
los cubanos, quedó hecho cargo del gobierno de la Isla y se 
le consideró como garantía y esperanza de amplio cumplí- 



COLONIALES 57 

En una circular a las Juntas Locales, la 
Directiva del Partido Liberal, en 2 de Agos- 
to de 1879 (1), recordando con tristeza las 
esperanzas concebidas y las ilusiones acari- 
ciadas en momentos de vivísima fe, la creen- 
cia candorosa "disipada por completo" de 
que el hecho de la paz traería el inmediato 
planteamiento de las instituciones y franqui- 
cias legales ansiadas por los cubanos y exci- 
tando a la vez a sus afiliados a unir y concer- 
tar todas las fuerzas en un patriotismo pru- 
dente y previsor, a calmar las impaciencias 
y trabajar de continuo, sin desmayos ni pre- 
cipitaciones, para imponerse por la firmeza 
de los principios, la conformidad de los actos 
y la reflexiva moderación de las manifesta- 
ciones; a confiar en el esfuerzo propio, en la 
eficacia de las ideas y en la virtud del traba- 
jo como deber patriótico para acrecentar los 
beneficios de la paz, proclamó por primera 
vez sin ambajes que las aspiraciones del Par- 



miento del pacto. Fué llamado a Madrid en Enero de 1879: 
allí se le encomendó la formación y Presidencia de un 
nuevo Consejo de Ministros; fracasó en sus empresas de 
hacer reformas en Cuba; le sustituyó en breve el señor 
Cánovas del Castillo en el Gobierno y éste se negó a otor- 
gar mayores concesiones. 

( 1 ) Inspirada, redactada y suscrita por su Secretario 
el Sr. Antonio Govín. 



58 I.OS PARTIDOS 



tido eran la abolición inmediata de la escla- 
vitud, sin indemnización, y el gobierno del 
país por el país, esto es, el planteamiento del 
régimen autonómico como única solución 
práctica y salvadora compatible con las con- 
diciones especiales de la Isla de Cuba y sus 
peculiares necesidades e intereses. 

Esta resuelta y franca ampliación de la 
fórmula de "la mayor descentralización po- 
sible dentro de la unidad nacional", que 
despertó las algaradas de los españoles cons- 
tituidos en partido con el programa de Asi- 
milación racional, posible y lenta de Cuba al 
régimen político y administrativo de la Na-. 
ción, y la reproducción de sus manifestacio- 
nes de recelo y desconfianza de los cubanos, 
tuvo más firme y rotunda confirmación en un 
artículo titulado Nuestra Doctrina que pu- 
blicó el periódico El Triunfo, órgano de la 
agrupación liberal. 

El partido pretendía, dijo, que al lado 
del gobernador general nombrado por el go- 
bierno de la Nación y responsable ante él, hu- 
biese una cámara insular, de elección popu- 
lar, que legislase sobre todos los asuntos de 
interés local, beneficencia, instrucción, obras 
públicas, fomento y administración muni- 



COLONIALES 59 



cipal y provincial, votando los presupues- 
tos insulares y contribuyendo a los naciona- 
les, votados por las cortes del Reino, propor- 
cionalmente con las demás provincias. El go- 
bernador general ejercería la facultad del 
veto y administraría con un consejo de go- 
bierno o ministros responsables, del país, 
nombrados libremente. 

Esta explícita y enérgica definición de 
conceptos fué la más grande y decisiva bata- 
lla que los liberales cubanos libraron en su 
propaganda contra las resistencias reaccio- 
narias combinadas de los elementos oficiales 
y de los residentes españoles. 

Su inquina y suspicacia estallaron en la 
denuncia del conceptuoso artículo por el Fis- 
cal de Imprenta acusando al Director del pe- 
riódico por el delito de ataque a la unidad 
nacional y a la integridad del territorio. 

Ante la inmensa gravedad de este conflicto 
que provocó conscientemente la representa- 
ción genuina y más autorizada de las opinio- 
nes y sentimientos del país, aun no completa- 
mente aquietado, y que agitó las pasiones ad- 
versarias con señales vehementes de expec- 
tación, zozobra e inquietud, debió conside- 
rar el gobierno de la Isla su prudente solu- 



60 LOS PARTIDOS 

eión, conteniendo las exageraciones y la in- 
transigencia de los reaccionarios y dando 
cauce amplio a las demandas de los liberales. 
Estos habían sido y eran un factor indispen- 
sable en la consolidación de la paz : poner di- 
que' a su propaganda habría determinado su 
disolución y sembrado fermentos de futuras 
discordias. 

Triunfó la habilidad y la energía patrióti- 
ca de los liberales. El Tribunal de imprenta, 
en 31 de Mayo de 1881, declaró la legalidad 
del credo autonómico. 

En Junta Magna celebrada con gran entu- 
siasmo en 1.° de Abril de 1882, el "Partido 
Autonomista Cubano", llamado así desde en- 
tonces, pudo, satisfecho y esperanzado, pre- 
cisar su programa en las siguientes declara- 
ciones : 

1.° Identidad de derechos civiles y políti- 
cos para los españoles de uno y otro hemisfe- 
rio, debiendo regir, por tanto, en la Isla sin 
cortapisas ni limitaciones, la constitución del 
Estado, expresión suprema de la unidad e 
integridad de la patria común. 

2.° Libertad inmediata y absoluta de los 
patrocinados. 

3.° Autonomía colonial, esto es, bajo la 



CO LÓMALES 61 



soberanía y autoridad de las Cortes con el 
jefe de la nación y para todos los asuntos 
locales. 

Con este evangelio, consagrado por la au- 
toridad de una ejecutoria, enaltecido por su 
propia fe, su civismo y sus obras, aquel gru- 
po de insignes directores que recogieron del 
polvo el lábaro marchito de la revolución para 
realizar en la paz y por la paz los ideales de 
libertad, se impusieron a sus adversarios, 
aumentaron sus prestigios y apretaron los 
lazos de disciplina y cohesión con sus 
adeptos. 

Si la popularidad, que es el amor y la ple- 
na confianza de un pueblo en sus proceres, es 
un galardón y una fuerza positiva, en nin- 
gún país la disfrutaron más amplia, explí- 
cita, firme y fervorosa los estadistas que como 
la obtuvieron del pueblo cubano los corifeos 
del autonomismo. 

Fueron ésas, sin embargo, sus únicas victo- 
rias, meramente platónicas. Poder defender 
en nombre y con el apoyo de sus compatriotas, 
un ideal político que jamás habrían de alcan- 
zar de la metrópoli : resultado retórico de 
cuatro años de vigorosa y perseverante cam- 
paña en la que gastarían inútilmente, por 



(32 TOS PARTIDOS 

más de tres lustros, sus energías y sabias dis- 
posiciones. 

Batallaron con denuedo por mejorar las 
condiciones del país, que al iniciar su orga- 
nización en 1878 ofrecía de modo variado y 
completo un espectáculo vergonzoso : la hon- 
da división de los pobladores en castas, la 
privilegiada y la disminuida; el sistema de 
esclavitud; la relajación de las costumbres 
por efecto de la guerra y de la corrupción ad- 
ministrativa ; la ruina de los hogares y la 
dispersión de las familias; el juego en los 
altos círculos y en los garitos inmundos; el 
régimen militar, personal, de un capitán ge- 
neral dueño de vidas y haciendas y arbitro 
de los destinos públicos; los inmigrantes es- 
pañoles armados en pie de guerra er los ins- 
titutos de voluntarios, instrumentos 'de gue- 
rra en apoyo de los eternos enemigos de las 
libertades coloniales y temibles por el recuer- 
do de sus demasías y pasionales actuaciones; 
el desconcierto en la administración de los 
fondos públicos; la tributación excesiva as- 
cendiendo al 33 por ciento de la renta; el 
país destruido casi en su mitad; los arance- 
les proteccionistas para los mercados penin- 
sulares e imponiendo derechos de entrada y 



COLONIALES 63 



salida a todos los productos ; una deuda de 
ciento cincuenta y nueve millones de pesos 
impuesta exclusiva y cruelmente a la colonia ; 
una moneda fiduciaria creada sin garantías 
y enormemente depreciada, y un presupues- 
to anual de $ 46.500,000 o sea $ 31 por ha- 
bitante, cuota superior en proporción a la 
de los demás pueblos del mundo; la inmorali- 
dad y el favor en la provisión de los empleos 
distribuidos en el Ministerio de Ultramar en 
Madrid, en un personal extraño al país, des- 
conocedor de sus necesidades y costumbres, 
advenedizo, temporero y dispuesto al pillaje 
para el fácil enriquecimiento propio ; caren- 
cia absoluta de obras públicas, de ornato y 
saneamiento en las ciudades, y de fomento 
de la agricultura en los campos; II adminis- 
tración de justicia completamente desconcep- 
tuada y, por último, la instrucción pública 
sin protección ni elementos y combatida bajo 
el plan de don Ramón María Araiztegui, que 
proclamó que para españolizar a los cubanos 
era necesario poner freno a la enseñanza. 

Con la poderosa palanca de la prensa y el 
influjo de la asociación; con la petición y la 
censura, y la intervención en las administra- 
ciones municipales y provinciales; con su 



64 I.OS PARTIDOS 

acercamiento a los poderes a título de jefes 
de partido, lograron los autonomistas remo- 
ver o disminuir muchos de aquellos males; 
atrajeron las emigraciones de cubanos disper- 
sos por el largo ostracismo; denunciaron las 
inmoralidades ; acusaron a los prevaricadores ; 
restablecieron el respeto debido al ciudadano 
y a la familia y con su acción constante, su 
presencia y actitud defensiva, realizaron por 
lo menos la gran obra cívica de infundir 
confianza en el ejercicio de los derechos 
individuales, de crear el hábito y la resolu- 
ción de ejercerlos, de elevar los caracteres, 
humildes y vacilantes en el aislamiento y al- 
tivos y rectos y serenos en la cohesión, deter- 
minando así el sosiego de los espíritus y es- 
tímulos en las esperanzas de mayores repa- 
raciones. 

A esa actitud resuelta que informó el pro- 
pósito consignado en el primer manifiesto de 
la Junta Central al constituirse "de no aban- 
donar al azar o al capricho ni a la astucia y 
habilidad de los contrarios los destinos del 
país" se debió únicamente el planteamiento 
de nuevas e importantes reformas políticas, 
civiles y administrativas. 

Sin ella, sin la imponente manifestación de 



COLONIALES 65 

un pueblo que había sacrificado su vitalidad 
en una lucha sangrienta de diez años y que 
se rehacía vigoroso, firme en sus anhelos, con- 
vencido de la plenitud de su derecho, ofre- 
ciendo como suprema garantía su labor paci- 
ficadora, pero señalando como mal posible la 
repetición de los grandes siniestros en la hora 
angustiosa de los tremendos desengaños, los 
gobiernos alternativos de la nación española, 
apoyados en el partido integrista de la colo- 
nia, se habrían limitado a plantear en Cuba 
el sistema municipal y provincial centraliza- 
do, la representación restringida en las Cor- 
tes y el sistema de tolerancia gracioso en 
la emisión del pensamiento y en las re- 
uniones. 

El Ministerio Conservador de Cánovas del 
Castillo, por los labios autorizados del Minis- 
tro de Gobernación señor Romero Robledo, 
contestaba una interpelación del Diputado au- 
tonomista señor Labra en 1880 diciendo que 
el pacto con los insurrectos de Cuba "se 
había cumplido hasta la última letra a los 
quinces días de firmado : allí no hay más re- 
formas políticas que hacer; ya están hechas". 
"Si tenéis, agregaba, Municipios y Diputa- 
ciones provinciales y Diputados a Cortes y 



61) LOS PARTIDOS 

tribuna para pedir, ¿qué más os hace falta? 
¿de qué os quejáis?. . . " 

El Partido Liberal que presidía en Madrid 
el señor Sagasta y que de las reformas hizo 
arma de combate en la oposición, al extremo 
de decir en 5 de Marzo de 1880 en el Congre- 
so "que las leyes especiales que prevenía el 
artículo 89 de la Constitución debían estar 
ya hechas y hacerse con el concurso de los 
diputados cubanos", al obtener el poder, no 
sólo olvidó sus compromisos u ofertas, sino 
dijo también más tarde a los representantes 
de Cuba, por boca del Ministro de Ultramar 
señor León y Castillo, "que las leyes especia- 
les autonómicas para las Antillas eran impo- 
sibles de una manera irrevocable". 

No obstante las negativas y reticencias de 
los dos partidos que alternaron en el gobierno 
de la Monarquía, apoyados por la nutrida y 
amañada representación del Partido Integris- 
ta de la Colonia, los autonomistas arrancaron 
una a una como trofeos de conquistas bata- 
llosas, especialmente de los liberales sagasti- 
nos, importantísimas reformas. 

Lograron la promulgación en Cuba del Có- 
digo Penal de 1870 que sancionaba el artículo 
primero de la Constitución sobre el ejercicio 



COLONIALES 1)7 



de los derechos individuales, la libertad de 
enseñanza y la de cultos, la ley del matri- 
monio civil y del Registro Civil ; el Código 
Civil, el juicio oral y público en lo criminal ; 
las leyes de Enjuiciamiento en ambas ramas 
del derecho, que borraban la confusión de los 
antiguos cuerpos legales, completando esta le- 
gislación la hipotecaria, indispensable en un 
país en que la titulación estaba embrollada 
por la deficiencia de los registros (1). 

Alcanzaron la abolición de la previa cen- 
sura de la prensa con una ley de imprenta 
— aunque la más restrictiva entre las que ha- 
bían regido en la Península, pues daba al 
fiscal la facultad de secuestrar las ediciones 
dos horas antes de efectuarse la circulación 



(1) El Código Penal se promulgó en 23 de Mayo 
de 1879. 

— La nueva Ley de Enjuiciamiento Civil empezó a re- 
gir en 1.° de Enero de 1886. 

— El Enjuiciamiento Criminal empezó a regir en 1.° de 
Enero de 1889. 

— El Código Civil rigió desde el 5 de Noviembre de 1889. 

— La Ley Hipotecaria y su Reglamento rigieron desde 
1.° de Mayo de 1880. 

■ — La Ley de Imprenta vigente, en 11 de Noviembre 
de 1886. 

— Ley de Reuniones, 1.° Noviembre de 1881. 

— Ley de Asociación, 13 de Junio de 1888. 

— La constitución de la monarquía se hizo extensiva a 
Cuba en 1.° de Mayo de 1881. 



OS LOS PARTfDOS 



de las ediciones y establecía la responsabili- 
dad penal solidaria del autor y de la empresa 
editora. 

Obtuvieron una ley de reuniones siquiera 
estuviese supeditada por la facultad extraor- 
dinaria del Gobernador General de modifi- 
carla y suspendarla. 

En lo económico obtuvieron, después de re- 
ñidas controversias, la supresión del derecho 
diferencial de bandera y los de exportación. 

Lograron como supremo galardón que se 
hiciese extensiva a la Isla la ley fundamental 
del Estado, aunque restringida y falseada por 
la prerrogativa del Capitán General de sus- 
penderla o limitarla en casos extraordinarios, 
apreciados a su arbitrio; y sobre todas sus 
conquistas, la más gloriosa, ganaron los au- 
tonomistas para honra y prestigio imperece- 
deros del cubano blanco, la abolición absoluta 
y sin indemnización del patronato, o sea, de 
la esclavitud de los negros, y el ingreso de 
los libertos en la vida ciudadana con la pleni- 
tud de los derechos civiles y políticos. (Ley 
de 7 de Octubre de 1886.) 

Ningún partido político en el mundo, con- 
tando indiscutiblemente entre sus adeptos con 
la mayoría o la casi totalidad de la población, 



COLONIA LES 69 



representante natural de los elementos nati- 
vos, luchó más perseverantemente, con más 
energía y a la vez con mayor paciencia y man- 
sedumbre, que el autonomista cubano frente 
a los poderes constituidos y a sus adversarios 
privilegiados, que reclamaban su existencia 
como factor de paz y a la par le excluían y 
limitaban su acción con desigualdades irri- 
tantes. 

Las leyes electorales promulgadas y los de- 
cretos aclaratorios para su aplicación conte- 
nían un mecanismo artificioso para asegurar 
la preeminencia del partido español, esto es, 
del menor número, y dejar en minoría en las 
corporaciones municipales, provinciales y en 
la representación a Cortes a los cubanos, del 
mismo modo que se había hecho para la elec- 
ción de los comisionados en 1865. 

En España eran electores municipales todos 
los que supieran leer y escribir; en Cuba lo 
fueron sólo los contribuyentes por cuota igual 
o superior a cinco pesos. Como la contribu- 
ción territorial se redujo al dos por ciento y 
la industrial se fijó en el diez y seis por ciento, 
dejaron de ser electores los pequeños terrate- 
nientes, esto es, los naturales del país, y lo 
eran los empleados en el comercio y las indus- 



70 LOS PARTIDOS 

trias, es decir, los inmigrantes españoles con- 
centrados en las ciudades. 

Para la elección de Diputados a Cortes se 
exigía la cuota contributiva de veinticinco pe- 
sos y la desigualdad resultaba por aquel sis- 
tema de reparto de la contribución más dura 
e irritante, exacerbada con el modo de hacer- 
se las elecciones por circunscripciones para 
asegurar el triunfo de las mayorías urbanas 
sobre la población rural, y con la facultad que 
se dio a los gerentes de compañías mercantiles 
de declarar bajo juramento la participación 
en las utilidades de sus dependientes asocia- 
dos para darles voto y relevados de justificar 
el tiempo de residencia. De esta manera fue- 
ron electores y elegibles todos los españoles 
y en el censo electoral figuraron, en cifra con- 
siderablemente menor, los cubanos, excluidos 
sistemáticamente, por los tribunales encargo- 
dos de resolver las reclamaciones de inclu- 
sión y exclusión. Los empleados de la admi- 
nistración, por último, tenían voto, desde el 
alto magistrado hasta el último portero de 
oficina. 

En un país de 1.600,000 habitantes, en el 
que los inmigrantes y empleados procedentes 
de la metrópoli no sumaban más de 150,000, 



COI.OMAI.ES 



figuraron siempre éstos con mayoría conside- 
rable en el censo electoral, representando en 
las municipalidades, las provincias y el Par- 
lamento como concejales, diputados y senado- 
res, en una proporción numérica de más de 
tres cuartas partes, contra la cuarta parte 
restante reservada a la representación genui- 
na de la población nativa. 

Mas no bastaba eso : en los distritos donde 
los liberales, por las condiciones naturales de 
la riqueza y de población o por sus esfuerzos 
y tenaces recursos en la formación de listas 
y en los procedimientos electorales, obtuvie- 
ron y mantuvieron la representación local, la 
acción del gobierno se interponía favorecien- 
do los ardides de los integristas, nombrando 
entre individuos de este grupo a los alcaldes, 
estuviesen o no propuestos en terna, a la ma- 
yoría de los miembros de las Comisiones eje- 
cutivas de las Diputaciones Provinciales y 
suspendiendo en cuerpo los Ayuntamientos 
liberales por motivos baladíes para que los 
sustitutos extirpase del censo, por decirlo 
así, a la mayoría liberal. 

Por la eficacia de estos medios injustos se 
llegó hasta el caso de excluir a los autono- 
mistas de toda representación en Cortes por 



72 I.OS PARTIDOS 



la provincia de la Habana y anular la candi- 
datura de sus jefes más prestigiosos poniendo 
en práctica el Partido Unión Constitucional, 
con arrogante desprecio de la opinión públi- 
ca, el procedimiento llamado copo, que con- 
sistía en distribuir el número de electores en 
la votación de dos candidaturas, la de la ma- 
yoría y la de la minoría, quitándole esta úl- 
tima, con el exceso de votantes, al adversario. 

Los desfallecimientos y aun los arranques 
de desesperación que produjeron frecuente- 
mente tales demasías, las combatieron los es- 
forzados jefes del autonomismo con su inque- 
brantable fe en el porvenir, por medio de 
sesudos artículos en sus periódicos, de proce- 
sos tenaces en los tribunales en que denuncia- 
ban y perseguían las falsedades, y celebrando 
grandes y periódicas asambleas en que esta- 
llaban viriles y fogosas las protestas, para dar 
expansión al sentimiento patriótico, calmar 
las pasiones e inspirar acuerdos de prudencia. 

La multitud desalentada renovaba la fe 
en sus directores : imbuida en sus doctrinas, 
sugestionada por su noble ejemplo, amándo- 
los y venerándolos con el sentimiento de admi- 
ración, obediencia y orgullo que crea en los 
débiles la intuición de la fortaleza junto a los 



COLONIALES 



seres superiores, les dejaban resolución de 
los conflictos, ponía en ellos su antera con- 
fianza y les encomendaba el porvenir. ... 

La sabia, la austera política de los jefes au- 
tonomistas se condensó en estas frases me- 
morables pronunciadas por uno de sus más 
conspicuos representantes y oradores (1) al 
conmemorar el quinto aniversario de su or- 
ganización. 

' ' Sobrevendrán sucesos • de cualquier orden 
que hagan inútiles nuestros esfuerzos, pero 
no arriaremos nuestra bandera. Podrá caer 
derribada por la tempestad, pero suceda lo 
que quiera perseveraremos, porque es lógico, 
justo, necesario que triunfemos y si no ven- 
cemos a consecuencia de algún impensado 
desastre, la historia dirá siempre que realiza- 
mos el más noble, el más decidido esfuerzo 
jamás acometido para conciliar en el derecho, 
en la justicia, en la libertad, a esta colonia con 
su metrópoli." 

La perseverancia bajo esta norma alcan- 
zó límites inconcebibles. 

Durante quince años los autonomistas, 
constituyendo una fuerza poderosa de opi- 
nión, por su funcionamiento acertado y bien 

(1) Rafael Montoro. 



74 LOS PARTIDOS 



dirigido, por a cohesión y disciplina, pu- 
dieron exponer su sistema a los partidos, los 
legisladores y los distintos gobiernos de la 
unción, como lo hicieron en una proposición 
de ley, en 26 de Julio de 1886, que contenía 
una completa organización autonómica de las 
dos Antillas, Cuba y Puerto Rico, logrando 
que se insertara en el Diario de Sesiones, no 
que se discutiera, pues jamás obtuvieron que 
ni congresistas ni gobiernos se consagrasen a 
su estudio, ni creyesen compatible su acep- 
tación con la unidad y realidad nacional. 

Los partidos peninsulares, en su tránsito 
por el poder, sobre todo el liberal, les arroja- 
ron dedadas de miel en un cúmulo de apa- 
ratosas reformas civiles y políticas, pero no 
les otorgaron un átomo de positiva realidad 
en sus ideales: en la administración propia 
de los interese»* insulares. En ese punto esen- 
cial España tuvo un alma sola para no ce- 
der y mantener el viejo sistema de explota- 
ción centralizado en Madrid : el régimen mi- 
litar para gobernar por delegados de su ex- 
clusivo nombramiento revestidos de faculta- 
des omnímodas; la imposición de cargas y 
tributos onerosos sin consulta de los adminis- 
trados; la provisión de todos los empleos de 



COLONIALES 



la administración, la militar, civil, judicial 
y aun la eclesiástica, en un personal extraño 
nombrado en Madrid y procedente de la Pe- 
nínsula, y la acción torpe y persistente de 
dificultar las relaciones comerciales de Cuba 
y los Estados Unidos con tarifas abrumado- 
ras y el monopolio de los puertos peninsu- 
lares. 

Se desoyó el clamor de un pueblo que con- 
taba ya 1.600,000 habitantes en que predo- 
minaba el elemento caucásico; que había lle- 
gado a ser uno de los primeros productores 
de caña en el globo; que obtenía el mejor ta- 
baco del mundo en sus terrenos privilegiados 
y las mejores manufacturas en este ramo; 
que exportaba anualmente $ 89.000,000 e im- 
portaba $ 56.000,000 ; que contribuía al te- 
soro público con $26.000,000 y $14.000,000 
a las municipalidades; que soportaba una 
deuda de $ 175.000,000, y en el que, la cultu- 
ra general, no obstante sus trabas, se había 
desarrollado admirablemente produciendo 
verdaderas notabilidades en las Ciencias, las 
Artes, la Literatura y un grupo brillantísi- 
mo de estadistas, oradores y escritores polí- 
ticos respetable no sólo por la capacidad, sino 
por el civismo. 



LOS PARTIDOS 



Al cabo de quince años de fervorosa y per- 
severante lucha los cubanos seguían positi- 
vamente uncidos al carro vetusto de la Ad- 
ministración Central ejercida desde la Metró- 
poli, distante a más de quince días de nave- 
gación, por delegados irresponsables desco- 
nocedores de sus verdaderos intereses y ne- 
cesidades, indiferentes a su bienestar y des- 
afectos al medio que regían y explotaban, y 
hasta sus mismos Ayuntamientos y Diputa- 
ciones estaban en manos, en absoluta mayo- 
ría, de los inmigrantes españoles (1). 

La inmoralidad administrativa había al- 
canzado los límites más- escandalosos; el pre- 
supuesto estaba aplicado en sus cinco sextas 
partes a los intereses de la deuda, a los ha- 
beres de las clases pasivas, a los del ejército 
y al del personal de la administración y sólo 
la sexta parte restante a las necesidades del 
país ; en diez años no se habían realizado obras 
públicas de ningún género; de los 23.000,000 
de hectáreas del territorio sólo estaban en cul- 
tivo y explotación 7.000,000, y en cuanto a 



(1) En el Ayuntamiento de la Habana en 1887 había 
28 concejales peninsulares y uno solo cubano. De los 37 
Ayuntamientos de la provincia de la Habana, 31 estaban 
regidos por los españoles. De los 24 diputados a Cortes, 
sólo tres eran cubanos. 



COLON TAI. ES 



Instrucción Pública, el presupuesto no desti- 
naba más que el 1,34 % de su cifra total con 
sólo 700 escuelas primarias en todo el país, 
sin gabinetes ni materiales para las ciencias 
experimentales en las Universidades e Ins- 
titutos, mientras el bandolerismo se ramifica- 
ba en los campos y los desmanes de la fuerza 
pública, a pretexto de perseguirlo, ^on fines 
políticos y violando las garantías individua- 
les, sembraba el terror en los distritos rura- 
les (1). 

"En el camino andado por los autonomis- 
tas" — según lo expresó en una frase entris- 
tecedora su esclarecido Presidente D. José 
María Gálvez — "no hubo una jornada que no 
señalara un esfuerzo, una fatiga, un combate 
encarnizado, una desilusión, nn desengaño : 
siempre las resistencias conservadoras salien- 
do al paso". 

El descontento y las decepciones ante ese 
resultado negativo empezaron a aflojar los 
lazos de solidaridad y disciplina que en las 
masas del partido autonomista habían mante- 



(1) Debe recordarse a este respecto la circular del 
Brigadier Denis, jefe de la Guardia Cicil, de 15 de Octu- 
bre de 1883, que intentaba poner coto a los desmanes de 
la Guardia Civil. 



78 [.OS PARTIDOS 

nido robustos los empeños reflexivos de sus 
directores. 

Los elementos revolucionarios que como 
fermento permanente dejó en el país y en las 
emigraciones la guerra de los diez años, de- 
bilitados y anulados hasta entonces, porque 
en las labores y en la popularidad de los au- 
tonomistas encontraron insuperables obstácu- 
los para todo desenvolvimiento práctico, co- 
menzaron a dar señales de expansión y soli- 
dez, constituyendo en Tampa el día 6 de Ene- 
ro de 1892 el Partido Revolucionario Cuba- 
no para obtener la absoluta independencia 
para la Isla de Cuba, organizando numerosos 
clubs en el extranjero y delegaciones clandes- 
tinas en Cuba, fundando publicaciones perió- 
dicas, y haciendo circular profusión de pro- 
clamas entre los descontentos y simpatiza- 
dores. 

La gravedad de estas manifestaciones, sín- 
tomas de descomposición evidente, la había 
acentuado o justificado la misma actitud del 
Partido Autonomista, cuya Junta Directiva 
acordó, en 7 de Enero de 1891, la abstención 
o retraimiento en las elecciones de Diputados 
a Cortes y Senadores, expresando en un ma- 
nifiesto el sentimiento de cansancio dominan- 



COI ONIAI.ES 



te ante la inveterada política de exclusión 
mantenida por el Gobierno y los espa- 
ñoles. 

"No basta por hoy, decía aquel documento, 
expresar el descontento y apartarnos de los 
comicios : es preciso que dentro de los pro- 
cedimientos legales responda a la provoca- 
ción la civil protesta contra nuevos y mayo- 
res agravios; organizar la resistencia que la 
dignidad hondamente lastimada exige para 
poner freno a demasías y agresiones de in- 
motivada malquerencia. Si en la poderosa 
agitación que hemos, de promever y mantener 
los autonomistas en los ámbitos de la Isla se 
opusiera el Gobierno quebrantando con des- 
manes y persecuciones las garantías constitu- 
cionales, ello será prueba de que impera la 
funesta política del odio y de la opresión; y 
ya entonces habrá llegado el momento de que, 
disuelto nuestro partido, adopte el país su- 
premas resoluciones cuya responsabilidad 
pesará sobre los que adoran la fuerza y en la 
impunidad se escudan." 

"Ciego será, agregaba, quien no vea en el 
Partido Autonomista la más preciada garan- 
tía moral de la paz pública no por prestar 
servicio al Gobierno, de quien nada espera, 



80 I.OS PAlíTIDOS 

a quién no teme ni nada debe, sino por los 
dictados de un patriotismo sano, inteligente 
y previsor. Estimamos la paz no como fin, ya 
que de nuestra voluntad no depende, sino 
como medio para vigorizar las costumbres 
públicas, poner al desnudo los vicios del ré- 
gimen que nos arruina, oprime y humilla y 
llegar a la realización en leyes e instituciones 
de nuestros principios salvadores." 

"Tal vez se frustre nuestro noble empeño, 
pero jamás será por culpa nuestra. Si así su- 
cediere, penetrados de que nos agitamos en 
el vacío y convencidos de nuestra impoten- 
cia, marcharemos en derechura a la disolu- 
ción con profundo dolor porque el ánimo se 
sobrecoge al considerar la suerte infeliz que 
a esta amada tierra cabrá de fijo cuando falta 
de dirección y defensa llegue a ser presa de 
férreo despotismo o ensangrentado teatro de 
mortal discordia." 

La suerte estaba echada : los autonomistas 
libraban su última batalla para triunfar o 
perder, en la advertencia y previsión de los 
grandes siniestros y exaltando para fortale- 
cerse las pasiones patrióticas. 

Un movimiento político de trascendencia 
en la Metrópoli pudo contener las monifesta- 



COLONIALES 81 

ciones crecientes de desesperación y disolu- 
ción y robustecer la vitalidad y eficacia del 
Partido Autonomista. El Ministro entonces 
liberal señor Maura, como si cediera a los 
reclamos de la opinión, presentó ante el Con- 
greso español en 1893 un proyecto de refor- 
mas para el régimen administrativo de las 
Antillas; plan mediocre que no intentaba es- 
tablecer el Gobierno propio en las colonias, 
sino por el contrario había de ser un pésimo 
y deficiente ensayo del sistema; que al publi- 
carse produjo una primera impresión de des- 
agrado (1), pero que la mayoría de la Junta 
Central Autonomista, siguiendo, las tradicio- 
nes de 1865 y de 1878, se decidió a aceptar 
como nuevo punto de partida para más efica- 
ces innovaciones y a producir en su abono 
una nueva agitación y propaganda en las ma- 
sas populares. Por el plan del ministro Mau- 
ra la Nación se reservaría la facultad de 
mantener e imponer a Cuba las cargas, ya 
considerables, de guerra, deuda y goberna- 
ción y sólo se dejaba a una diputación insu- 
lar electiva, compuesta de 18 diputados, ini- 



(1) El periódico El País, órgano de la Junta Central, 
publicó un artículo de oposición al plan de Maura con el 
título de Descentralizar centralizando, que suavizó después. 



82 LOS PARTIDOR 

ciativa para votar los presupuestos interio- 
res de Fomento y para acordar sobre los 
asuntos de orden puramente local, como si 
la Isla se equiparase a una gran municipa- 
lidad y sin intervenir en el nombramiento de 
los funcionarios de la administración general. 
Suprimía la antigua división del territorio 
en seis provincias, convirtiéndola en dos re- 
giones, la de Oriente y Occidente, para alter- 
nar en ella cada dos años las elecciones de los 
diputados. Dejaba sólo a la iniciativa de la 
diputación la facultad de proponer al Gobier- 
no por conducto del Gobernador General la 
reforma de las leyes promulgadas : establecía 
como ingresos del presupuesto insular los 
productos de los bienes propios de la Provin- 
cia y los recargos que se autorizasen sobre las 
contribuciones e impuestos del Estado y de 
los municipios. 

Creaba además un Consejo de Administra- 
ción de la Isla de Cuba, compuesto de 15 con- 
sejeros, 6 de ellos natos por razón de sus 
altas funciones en la Administración delega- 
da, el Gobernador General, el Arzobispo de 
Cuba, el Comandante del Apostadero, el Ge- 
neral Segundo Cabo, el Presidente de la Au- 
diencia y hasta el Coronel Decano del Cuer- 



COLON TALES 83 

po de Voluntarios. Los otros nueve conseje- 
ros serían nombrados por el Gobernador entre 
individuos de capacidad jerárquica, taxativa. 
El Consejo debería ser oído sobre los presu- 
puestos generales de gastos y de ingresos que 
habían de elevarse al Gobierno Central y a 
las Cortes del Eeino y sobre las propuestas 
de reformas legislativas que emanasen de la 
Diputación. 

En tanto que establecía condiciones tan 
restrictivas para esas Asambleas, mantenía 
las facultades extraordinarias del Capitán 
General para suspenderlas total o parcial- 
mente, y Gobernadores delegados en los te- 
rritorios de las seis provincias que, como or- 
ganismos administrativos se suprimían. 

En las mezquinas restricciones de este pro- 
yecto los Autonomistas vieron sin embargo 
el establecimiento por primera vez en cierta 
forma de una Cámara Insular y un princi- 
pio de reconocimiento de la personalidad de 
la colonia. 

Para apoyarlo llegaron al error de favore- 
cer la formación de un tercer partido que, 
con el título de Reformista, con elementos di- 
sidentes del antiguo partido Unión Constitu- 
cional de filiación canovista, y con elementos 



84 LOS PARTIDOS 

españoles, se constituyó para secundar apa- 
rentemente a los liberales sagastinos de Ma- 
drid y al Ministro Maura; pero en realidad 
fué producto de las discordias y ambiciones 
encontradas que en el disfrute de las preemi- 
nencias gubernamentales dividieron a los ca- 
ciques o corifeos conservadores en la colonia. 
Esa benevolencia y cooperación la extrema- 
ron hasta el punto de concertar con los Re- 
formistas coaliciones electorales y encumbrar 
con sus votos a personalidades notoriamente 
acentuadas de antiguo por su enemiga a las 
libertades cubanas. 

El tiempo y los sucesos demostraron que 
esas inyecciones ficticias de fuerzas extrañas, 
desacordes en esencia, no robustecen a los 
partidos, que se debilitan, sino los conducen 
a la pérdida de su prestigio y popularidad. 

El Partido Autonomista, que resultó gran- 
de y eficiente en la obra de la pacificación 
mientras mantuvo su firmeza oposicionista, 
comenzó a decaer cuando torciendo sus derro- 
teros buscó savia y nueva vida en elementos 
gubernamentales desprendidos de sus mismos 
adversarios. 

El proyecto Maura, que sacó a los Autono- 
mistas del retraimiento y acentuó la incipien- 



COLONIALES 85 

te agitación revolucionaria, tuvo efímera 
consistencia. Alarmó a los políticos españo- 
les en la Metrópoli y a sus secuaces en las 
Antillas. Después de dos años de deliberacio- 
nes vacuentes, de apasionadas discusiones en 
los periódicos, fuera ya del Ministerio de Ul- 
tramar el mismo Maura, vencido por los que 
le encumbraron, y de sucederle en aquel 
puesto el Sr. Becerra, antagonista caracteri- 
zado de las reformas coloniales, y por último 
el señor Abarzuza, votaron las Cortes españo- 
las, entre los aplausos entusiastas de los con- 
servadores triunfantes, la aquiescencia de los 
liberales tímidos y con la reserva pasiva y sin 
viril protesta de los Diputados Autonomis- 
tas allí presentes, otro plan distinto de refor- 
mas: el del Ministro Abarzuza (1895) raquí- 
tico aborto de transacción cobarde que susti- 
tuyó la Diputación Insular propuesta y espe- 
rada, con un Consejo de Administración cons- 
■tituído por 15 miembros de elección popular 
y 15 de nombramiento del Gobierno, presi- 
dido por el Capitán General (siempre reves- 
tido de omnímodas facultades) y cuyas atri- 
buciones se reducían a las de corporación de 
mera consulta e informe, sin poder nombrar 
el personal administrativo, exigirle responsa- 



86 I.OS PARTIDOS 



bilidad ni menos formar los presupuestos ge- 
nerales de la Isla. El Gobierno supremo con- 
servaba la soberana inspección y gestión ad- 
ministrativa por conducto y medio de su de- 
legado el Gobernador General, y para hacer 
odioso el Consejo Insular creado, se le facul- 
taba para recargar las contribuciones e im- 
puestos generales, y atender con esas nuevas 
exacciones al fomento local. 

Prevaleció la tendencia de recelo y suspica- 
cia, el codicioso afán de mantener el régimen 
de explotación y se defraudaron de nuevo las 
legítimas esperanzas en una justicia repara- 
dora. 

Si es verdad que las mismas causas produ- 
cen idéntico resultado y que los hechos histó- 
ricos se repiten cuando concurren iguales 
precedentes, a nadie podrá asombrar lo que 
ocurrió subsecuentemente en Cuba. 

Al fracaso de los Reformistas de 1865 si- 
guió el estallido revolucionario de Yara en 
1868. Cuando los diputados cubanos, en Fe- 
brero de 1895, regrasaban entristecidos y fra- 
casados a sus hogares, estallaba la nueva, la 
definitiva revolución cubana en Baire 

La obra eminentemente pacificadora de los 
autonomistas estaba terminada. El gobierno 



COLONIALES 87 



español, que tuvo en ellos la más firme garan- 
tía de la unidad nacional, los había desauto- 
rizado. Las huestes compactas, disciplinadas, 
que los siguieron con amor y fe, con respeto y 
confianza en su labor abnegada y constante 
de diez y siete años, los desoyeron y los aban- 
donaron. 

La ley de Abarzuza quedó sin promulgarse 
en el Diario de Sesiones del Congreso Espa- 
ñol, como recuerdo deshonroso del último des- 
acierto en la administración de las posesiones 
americanas, mientras la suspensión de las ga- 
rantías constitucionales en Cuba, el envío 
desde la Metrópoli de poderosos ejércitos y 
escuadras con prestigiosos generales para in- 
tentar reprimir de nuevo por la fuerza las 
ansias de un pueblo desesperado ; el creci- 
miento súbito, simultáneo y asombroso de la 
rebelión en todos los extremos de la Isla, ce- 
rró con torrentes de sangre, el incendio y la 
destrucción de las propiedades, el largo, ac- 
cidentado y triste período en que gastó un 
pueblo paciente y disciplinado, sabia y re- 
flexivamente dirigido, sus anhelos de bien- 
estar y sus energías pacificadoras. 

Cegó en esos momentos de crisis angustio- 
sa a los jefes más esclarecidos del Partido 



88 ■ LOS PARTIDOS 



Autonomista la confianza en su propio valer 
y en su autoridad sobre las clases populares, 
su convicción arraigada de que los procedi- 
mientos de fuerza serían otra vez ineficaces, 
conducirían a extremar la reacción y aumen- 
tar los infortunios del país, y acaso, en algu- 
no de ellos, la sincera adhesión al concepto de 
la unidad nacional. 

En vez de poner un epílogo altivo y decoro- 
so a su brillante historia acordando la disolu- 
ción del partido, redactaron y circularon un 
manifiesto condenatorio de la revolución (1) 
y se obstinaron en mantener la jefatura de 
un cuerpo disuelto de hecho, del que deser- 
taban emigrando o yendo a agregarse a la 
rebelión los mismos que aparecían firmando 
el impremeditado documento. 

La vuelta a Cuba como Gobernador Gene- 
ral de Martínez Campos, el aclamado pacifi- 
cador de 1878, corifeo entonces de las fraca- 
sadas promesas de reformas, despertó la es- 
peranza en el planteamiento de ellas para 
acallar las discordias. El último acto polí- 
tico o de partido del grupo autonomista, des- 
concertado y perseverante, fué la visita de 



(1) Abril de 1895. 



COLONIALES 89 

una comisión de su Junta Central al nuevo 
Capitán General para saludarle y explorar tí- 
midamente sus disposiciones en aquel sentido. 
Martínez Campos fué terminante y explíci- 
to. Nada de reformas, mientras hubiera re- 
beldes. Venía a combatir y a vencer y no con- 
fiaba en nada más que en las bayonetas de 
sus soldados. 

A partir de ese momento ya no hubo ni 
pudo haber partidos en Cuba : frente a la re- 
volución que crecía y se extendía por todo 
el territorio con la adhesión franca y espon- 
tánea de los nativos, los conservadores e inte- 
gristas, los reformistas que de ellos se segre- 
garan y los que obcecados o amilanados man- 
tuvieron la pretensa representación autono- 
mista, no formaron junto con el Gobierno Mi- 
litar, que imponía al frente de sus ejércitos 
sus facultades extraordinarias en plaza sitia- 
da, más que la gran masa de españoles ene- 
miga de la rebelión y de la independencia que 
ésta proclamaba. No podía ser de otro modo. 
Fracasado Martínez Campos en sus planes 
militares, le sucedió el general Valeriano 
Weyler en los planes de exterminio ( 1 ) . 



(1) Febrero, J89G. 



90 I.OS PARTIDOS 



La prensa enmudeció ; las asambleas popu- 
lares se disolvieron, faltas de adeptos las de 
los autonomistas, que estaban en la revolu- 
ción, o emigrados o encerrados en sus hoga- 
res, y el nombre, prestigio y respetabilidad 
de este grupo disuelto lo explotó el Gobierno 
constituyendo con elementos aislados del mis- 
mo un Comité Nacional de Defensa que san- 
cionó con su presencia y silencio las sangrien- 
tas medidas del general exterminador hasta 
su relevo por el general D. Ramón Blanco (1). 

El régimen autonómico, negado obstinada- 
mente en la paz durante un siglo, que debió 
evitar la guerra porque llegó a ser aspira- 
ción arraigada y satisfactoria, vino a instau- 
rarse precipitadamente en 1897 como medio 
hábil y artificioso - de oponerse a las manifies- 
tas hostilidades de la inminente intervención 
norteamericana. 

La Cámara Insular y el Gobierno propio 
de los ensueños cubanos se constituyeron con 
rapidez vertiginosa, cuando visitaban los 
puertos de Cuba los poderosos barcos de gue- 
rra de los Estados Unidos, cuando el Con- 
greso de esta nación discutía con ardor el 



(1) Noviembre 1897. 



COLONIALES 91 



problema de Cuba y proclamaba su derecho 
a la independencia, y los mensajes del Eje- 
cutivo en Washington establecían el dilema 
de la pronta pacificación por medios justos o 
de su acción mediadora, y los revolucionarios 
cubanos, extendidos en todo el territorio, 
condenaban a muerte a los misioneros de paz 
con soluciones intermedias. 

En elecciones generales ficticias, a que no 
concurrió el pueblo, se eligieron los Diputa- 
dos y Senadores y los jefes autonomistas que 
no habían emigrado por falta de medios o 
por adhesión a la causa nacional, algunos po- 
cos de los que emigraron por temor y no se 
adhirieron a la revolución, amasados con los 
españoles reformistas, se prestaron a ser los 
instrumentos del postrer esfuerzo falaz de 
España para reconquistar la fidelidad de un 
pueblo que maltrató cuando se sintió fuerte 
y afectó halagar en instantes críticos de de- 
bilidad y decadencia. 

El preámbulo de la Ley estableciendo el 
régimen autonómico en Cuba, publicada en 
la Gaceta de la Habana el 19 de Diciembre 
de 1897, es un documento curioso y vergon- 
zante, en el que, para su propio descrédito, 
el Gobierno de la Metrópoli puso en eviden- 



92 LOS PARTIDOS 

cia su insinceridad y falacia, la codicia y tor- 
peza con que administró y se enajenó el afec- 
to de la colonia, y su hipocresía y doblez 
para recuperarlo. Tres meses antes, con los 
rescriptos de la concentración de los campe- 
sinos en las ciudades, de los destierros y de 
las zonas militares de cultivo, aniquilaba la 
población cubana para dominar la rebelión. 
"Se trata, decía, de confiar la dirección de 
sus negocios a pueblos que han llegado a la 
edad viril. . . lograr una forma práctica e 
inteligible. . . la encontró el gobierno en el 
programa de aquel partido Insular, conside- 
rable por el número, pero más importante 
aún por la inteligencia y la constancia, cuyas 
predicciones desde hace veinte años han fa- 
miliarizado al país cubano con el espíritu, los 
procedimientos y la trascendencia de la pro- 
funda innovación que están llamados a intro- 
ducir en su vida política y social." 

No habían pasado tres años de que un Mi- 
nistro de Ultramar había dicho ante el Con- 
greso : ' ' Para Cuba podemos hacer todo me- 
nos darle leyes que no sean constitucional- 
mente españolas. La libertad y derechos po- 
líticos existen en Cuba : la política de asimi- 
lación los ha dado ¿qué falta?" .• 



COr.ONTAl.ES f)3 



Ahora se daba todo un sistema ai tonómi- 
co, por decreto, sin esperar la deliberación de 
las Cortes, como solución práctica que los cu- 
banos habían enseñado y propagado durante 
cuatro lustros. Y se daba el ridículo espec- 
táculo de que instantáneamente se convirtie- 
ra en minoría el partido Unión Constitucio- 
nal, que tuvo siempre la mayoría, doblegado 
también por la fuerza de las circunstancias. 

La revolución esterilizó este último artifi- 
cio con su éxito y con el apoyo de la inter 
vención extranjera, y el pueblo cubano, que. 
había reverenciado y gloriado a sus precla- 
ros jefes autonomistas y sometídose a su di- 
rección con esperanza ciega, condenó apasio- 
nado a los que se obstinaron en mantener una 
jefatura que ya no tenían y se prestaron, a 
su juicio, a servir la causa española como 
instrumentos estratégicos para pacificar o 
como instigadores para desintegrar la revo- 
lución. 

El gobierno propio entregado a los cubanos 
en las ciudades junto a un ejército de ocupa- 
ción en las poblaciones y en los campos y 
frente a las escuadras extranjeras en el lito- 
ral, fué fugaz e irrisorio. 

El juicio de los contemporáneos perturba- 



di I.OS PARTIDOS 



do, más que por las exageraciones de la con- 
troversia, por la fiebre de la discordia, no 
puede ser el fallo sereno de la Historia. 

Han pasado diez y seis años de los sucesos 
que esbozamos y aun los que fueron de un 
modo u otro actores en ellos, no deben ser 
jueces que decidan si fué errónea o acerta- 
da, elevada o incorrecta la conducta de de- 
terminados factores en la hora de resolverse 
definitivamente el problema político cubano. 

Sea cual fuere ese fallo, las generaciones 
por venir habrán de considerar con recogi- 
miento, veneración y afecto al grupo de hom- 
bres extraordinarios que en un país asolado 
por la guerra, envilecido por la miseria y el 
terror, falto de fe, combatido constantemen- 
te por el poder y fuerzas privilegiadas infe- 
riores en número y valía, fundaron y diri- 
gieron un partido político batallador y ani- 
moso ; que infiltraron en la conciencia de su 
pueblo un hermoso ideal, poniendo a contri- 
bución su intelectual'dad, su reposo, su se- 
guridad personal, las virtudes del valor, la 
perseverancia y la mansedumbre, y sus inmar- 
cesibles y variadas labores en la tribuna po- 
pular, en los Parlamentos, en las publicacio- 
nes periódicas, en los folletos y libros; que 



COLONIALES 95 

agotaron las artes de la persuasión para 
atraer a los suyos e ilustrar y convencer a 
sus contrarios y que por salvar a su pueblo 
arrostraron con civismo indomable, con des- 
interés absoluto, sin esperanzas de recompen- 
sas efectivas, las iras, la inquina, el desdén 
y las persecuciones. 

¡ Quién sabe si su mayor sacrificio fué ex- 
ponerse a llevar en la cima de su calvario la 
punzante corona de la impopularidad des- 
pués de haberse ufanado con los laureles de 
la gloria ! 

El porvenir reconocerá que su caída fué 
conmovedora y gloriosa, tanto como lo fué su 
magna obra, y al contemplarlos en los últi- 
mos momentos de su historia abandonados de 
sus propios adeptos, que pusieron su fe en las 
resoluciones heroicas, reducidos a un escasí- 
simo núiíiero, cercados, atraídos y halagados 
por sus antiguos adversarios en pie de gue- 
rra, excusará que en momentos de suprema 
angustia, conservaran y fortificaran su fe en 
la virtualidad de un sistema de gobierno que 
habían preconizado durante los años más la- 
boriosos de su existencia y lo creyeran todavía 
eficaz para la restauración de la paz y la sa- 
tisfacción de los anhelos de su pueblo. 



I.OS PARTIDOS 



Para ese error tendrá el porvenir la abso- 
lución : para lo que no la tendrá nunca será 
para la nación española, que no quiso o no 
supo aprovechar oportunamente la labor pa- 
cífica de los cubanos por su gobierno propio 
y lo utilizó tardíamente como ardid pacifica- 
dor en los instantes premiosos de su inevita- 
ble derrota. 



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